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OPINIÓN/El AMO: una iniciativa sepultada por sus propios errores

La Resolución 13599 de la Registraduría Nacional del Estado Civil puso punto final a una de las más polémicas iniciativas político-administrativas del Oriente antioqueño: el Área Metropolitana del Oriente (AMO). El acto administrativo no solo cerró formalmente un proceso, sino que simbolizó el fracaso de un proyecto que nació con deficiencias jurídicas, conceptuales y sociales.…

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La Resolución 13599 de la Registraduría Nacional del Estado Civil puso punto final a una de las más polémicas iniciativas político-administrativas del Oriente antioqueño: el Área Metropolitana del Oriente (AMO). El acto administrativo no solo cerró formalmente un proceso, sino que simbolizó el fracaso de un proyecto que nació con deficiencias jurídicas, conceptuales y sociales. Lejos de consolidarse como un instrumento de integración regional, el AMO se convirtió en un espejo de los errores de planeación, la desconexión con las comunidades y la falta de legitimidad política de sus promotores. Su muerte no fue el resultado de una decisión aislada, sino la consecuencia inevitable de un proceso mal concebido desde sus cimientos.

Desde su gestación, el AMO fue percibido como un intento de imponer una estructura de gobernanza que no respondía a las verdaderas necesidades del territorio. A pesar de los discursos sobre integración, sostenibilidad y competitividad regional, la iniciativa adoleció de graves errores de forma y de fondo. En el plano formal, se cuestionaron los procedimientos empleados para convocar la consulta popular, los tiempos administrativos, la falta de información suficiente y el manejo comunicacional sesgado por parte de los mandatarios locales y la Gobernación de Antioquia a través de las bodegas de comunicación prepago del territorio. Todo esto debilitó la confianza ciudadana y generó un ambiente de desconfianza hacia las instituciones promotoras.

En cuanto al fondo, el error más significativo fue la ausencia de participación real de las comunidades. La historia del Oriente antioqueño está marcada por múltiples intentos de crear esquemas de integración que han sido rechazados por los habitantes, precisamente porque no han surgido de un consenso genuino. El AMO, lejos de aprender de esas experiencias, repitió el mismo patrón: una propuesta desde arriba, sustentada más en intereses políticos y económicos que en un proceso de construcción colectiva.

El papel de los líderes políticos, especialmente del Gobernador y del Director de Planeación, además del Senador Esteban Quintero, y su padre Ruben Dario Quintero, y ocho alcaldes fue determinante en el desenlace. Su insistencia en avanzar con un proyecto sin respaldo social suficiente reveló una desconexión preocupante entre la visión institucional y la realidad territorial. Es absolutamente iluso pensar, como lo están vendiendo los impulsores del AMO, que una tutela pudiera revertir la decisión del Gobierno Nacional de no avalar los fondos para la realización de la Consulta, lo que demuestra, además, una falta de autocrítica: se insiste en buscar culpables externos, en lugar de reconocer que el proceso se derrumbó por errores propios.

Por otra parte, la resolución de la Registraduría no debe interpretarse solo como un obstáculo administrativo, sino como una señal institucional clara de que la legitimidad democrática no puede construirse sin la voz de las comunidades. La región, diversa y compleja, no puede ser reducida a un esquema tecnocrático de planeación centralizada. La muerte del AMO es, en este sentido, una lección sobre los límites de la política cuando se aleja del consenso ciudadano.

El fracaso del AMO no es únicamente el fin de un proyecto territorial, sino una advertencia sobre la forma en que se deben concebir las políticas públicas regionales. Las estructuras administrativas, por más sofisticadas que parezcan, carecen de sentido si no están ancladas en la voluntad de las comunidades a las que pretenden servir. La “sagrada sepultura” del AMO, decretada por la Resolución 13599, debe asumirse como una oportunidad para repensar la gobernanza regional desde el diálogo, la transparencia y la participación. Solo así podrá el Oriente Antioqueño construir un modelo de desarrollo que honre su identidad, sus diversidades y su autonomía.

El AMO no murió por decisión del Gobierno Petro, ni de la Registraduría; murió porque fue un proyecto sin alma popular, sin forma jurídica sólida y sin fondo social legítimo. Fue víctima de sus propios errores, y su epitafio lo escribió la misma ciudadanía que nunca creyó en él.

Sea este, entonces, el momento propicio para dejar atrás los desencuentros y convocar una verdadera juntanza regional, una conversación amplia, incluyente y respetuosa entre los veintitrés municipios del Oriente antioqueño. Es hora de que la clase política, los gremios económicos, los empresarios, las organizaciones sociales, los colectivos ambientales, las juntas comunales y quienes velan por la gobernanza del agua —junto con los alcaldes, el gobernador y el gobierno nacional— asuman el reto de construir una visión compartida de futuro. Bajo la figura de “PUEBLOS versión 2.0”, UNA CONSTITUYENTE REGIONAL. El llamado es a diseñar una figura que nazca del consenso, no de la imposición; que reconozca las particularidades territoriales, las luchas históricas y las aspiraciones comunes. Solo así podremos avanzar hacia un modelo de integración regional que represente verdaderamente a todos y a todas, y que devuelva al Oriente antioqueño la esperanza de un desarrollo equilibrado, participativo y sostenible.

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