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EDITORIAL/El problema nunca fue solamente el gobierno: el liderazgo que el Oriente Antioqueño dejó perder

Cada cuatro años el Oriente Antioqueño vuelve a caer en la misma ilusión. Cambian los gobernantes y, con ellos, renace la esperanza de que ahora sí llegarán las soluciones aplazadas durante décadas. Se deposita en un nuevo gobernador la responsabilidad de resolver todos los problemas acumulados y, al mismo tiempo, se culpa al gobierno saliente…

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Cada cuatro años el Oriente Antioqueño vuelve a caer en la misma ilusión. Cambian los gobernantes y, con ellos, renace la esperanza de que ahora sí llegarán las soluciones aplazadas durante décadas. Se deposita en un nuevo gobernador la responsabilidad de resolver todos los problemas acumulados y, al mismo tiempo, se culpa al gobierno saliente de haber carecido de voluntad política para atender las necesidades del territorio.

Pero esa lectura, aunque cómoda, resulta profundamente incompleta.

Porque el verdadero problema del Oriente Antioqueño no comenzó con el gobierno que terminó ni terminará con el que apenas comienza. La dificultad es mucho más profunda y dolorosa: la región ha venido perdiendo, desde hace varios gobiernos, el liderazgo colectivo que alguna vez le permitió ser escuchada en los escenarios donde realmente se toman las decisiones.

La interlocución nacional no se construye únicamente desde los despachos gubernamentales. También depende de la capacidad de una región para hablar con una sola voz, construir consensos, definir prioridades y defender sus intereses comunes por encima de las disputas políticas, económicas o electorales.

Y eso es precisamente lo que el Oriente ha dejado de hacer.

La dirigencia tradicional fue reemplazando la visión regional por pequeños proyectos individuales; el interés colectivo cedió espacio a los cálculos particulares; la defensa del territorio fue sustituida por la competencia entre municipios, entre sectores y, muchas veces, entre quienes deberían estar sentados en la misma mesa construyendo futuro.

La consecuencia es evidente.

Hoy el Oriente Antioqueño posee una enorme importancia económica para Antioquia y Colombia. Produce energía, alimentos, industria, turismo, servicios ambientales y conocimiento. Alberga el principal aeropuerto del departamento y uno de los más importantes del país, una de las dinámicas empresariales más importantes del país y una riqueza hídrica estratégica para millones de personas.

Pero, paradójicamente, esa enorme importancia no se traduce en una capacidad equivalente para incidir en las grandes decisiones nacionales.

La región produce mucho más de lo que políticamente representa.

Y esa es la verdadera tragedia.

Cuando una región pierde liderazgo, pierde también capacidad para gestionar recursos, impulsar grandes obras, defender su patrimonio ambiental, exigir infraestructura estratégica y participar en igualdad de condiciones en la construcción de las políticas públicas.

No es casualidad que tantos proyectos permanezcan estancados mientras otros territorios logran avanzar con mayor rapidez.

No siempre se trata de falta de voluntad desde Bogotá o desde Medellín.

Muchas veces se trata de la ausencia de una voz regional suficientemente fuerte para hacerse escuchar.

Ese liderazgo no se recupera cambiando únicamente de gobernantes.

Se recupera reconstruyendo confianza.

Se recupera entendiendo que ningún alcalde, ningún congresista, ningún empresario, ninguna organización social y ningún movimiento ciudadano, por sí solo, representa al Oriente Antioqueño.

La región solo volverá a tener incidencia cuando sea capaz de construir una verdadera agenda común.

Una agenda que no pregunte primero quién obtiene el crédito político, sino qué necesita el territorio.

Una agenda donde el agua, la ruralidad, la infraestructura, la educación, la movilidad, el desarrollo económico, la protección ambiental y la equidad sean asuntos regionales y no banderas particulares.

Por eso resultan preocupantes las iniciativas que, lejos de fortalecer esa unidad, profundizan las fracturas existentes.

Propuestas como el AMO (Área Metropolitana del Oriente) han terminado convirtiéndose en un factor adicional de división territorial. En lugar de convocar a los veintitrés municipios alrededor de un proyecto común, han alimentado diferencias entre el Altiplano y las demás subregiones, entre lo urbano y lo rural, entre quienes se sienten incluidos y quienes perciben que nuevamente quedan por fuera de las decisiones.

Una región que necesita encontrarse no puede seguir construyendo esquemas que terminan separándola.

El Oriente Antioqueño necesita mucho más que nuevas figuras administrativas.

Necesita una verdadera juntanza.

Una juntanza donde participen todos los municipios, las organizaciones comunitarias, el sector empresarial, las universidades, las instituciones públicas, los jóvenes, las mujeres, los campesinos, las comunidades rurales, los movimientos ambientales, los medios de comunicación y todos aquellos que diariamente construyen territorio.

Porque el liderazgo no pertenece a una élite.

El liderazgo es una construcción colectiva.

Solo cuando todos reconozcan que existe un interés superior llamado Oriente Antioqueño será posible recuperar la interlocución perdida y volver a ocupar el lugar que la región merece en el contexto departamental y nacional.

El nuevo gobierno puede abrir puertas.

Puede generar oportunidades.

Puede mostrar disposición para escuchar.

Pero ninguna administración podrá reemplazar el liderazgo que corresponde construir a la propia región.

Esperar que todas las respuestas lleguen desde el poder central es renunciar, silenciosamente, a la responsabilidad de conducir nuestro propio destino.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntar qué hará el nuevo gobierno por el Oriente Antioqueño y empezar a preguntarnos qué está dispuesto a hacer el Oriente Antioqueño para recuperar la voz, la unidad y el liderazgo que durante tantos años ha dejado escapar.

Porque las grandes transformaciones nunca nacen únicamente desde los gobiernos.

Nacen cuando un territorio decide reconocerse como una sola comunidad, capaz de pensar en el bien común por encima de cualquier interés particular.

Y ese desafío, más que político, es profundamente ético.

Es el reto de volver a creer que el futuro del Oriente no depende únicamente de quien gobierna, sino de la capacidad de su gente para volver a caminar unida.

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