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EDITORIAL/La justicia vuelve a ponerle límites a la Alcaldía de La Ceja

Hay decisiones judiciales que trascienden el lenguaje técnico de un expediente y terminan convirtiéndose en un mensaje político para una comunidad. El nuevo revés judicial que acaba de recibir la Alcaldía de La Ceja, esta vez ante el Tribunal Superior de Antioquia, es uno de esos casos. La decisión, con ponencia del magistrado Jorge Humberto…

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Hay decisiones judiciales que trascienden el lenguaje técnico de un expediente y terminan convirtiéndose en un mensaje político para una comunidad. El nuevo revés judicial que acaba de recibir la Alcaldía de La Ceja, esta vez ante el Tribunal Superior de Antioquia, es uno de esos casos.

La decisión, con ponencia del magistrado Jorge Humberto Calle, declara improcedente la apelación presentada por la administración municipal y mantiene una orden que obliga a Cornare a elaborar y presentar, en un plazo de 60 días, un informe técnico que determine de manera clara, con fundamento en la información disponible en la entidad, si el aula ambiental del BUL corresponde o no a un humedal u otro ecosistema que amerite algún tipo de protección.

Pero el alcance de la decisión va todavía más lejos. El numeral tercero del fallo ordena parar cualquier actividad de construcción o intervención dentro de dicho predio.

Y esta precisión cambia sustancialmente la dimensión de la controversia.

Porque mientras Cornare determina técnicamente qué es ese espacio y si está sometido a algún régimen especial de protección ambiental, en lo que ha sido ambiguo en el transcurso de sus informes, pero si claro en que existen determinantes ambientales, no podrá avanzarse en obras o intervenciones que puedan modificar sus condiciones. En otras palabras, el Tribunal está introduciendo un principio elemental de precaución: primero se determina qué hay allí y qué protección merece; después se podrá discutir qué puede hacerse en ese lugar.

No parece una exigencia desproporcionada. Parece, por el contrario, una elemental regla de prudencia cuando está comprometido un territorio cuya condición ambiental está siendo objeto de discusión judicial.

El problema no es solamente un terreno

La controversia alrededor del aula ambiental del BUL ha adquirido una dimensión que supera ampliamente la discusión sobre un predio, una construcción o un proyecto específico.

Allí se ha levantado una discusión ciudadana sobre el modelo de ciudad que La Ceja quiere construir y, especialmente, sobre la manera como se toman decisiones cuando están comprometidos espacios ambientales, educativos y comunitarios.

El aula ambiental no representa solamente un espacio físico. Para muchos ciudadanos se ha convertido en un símbolo de otra manera de entender el territorio: como un lugar donde la educación ambiental, el contacto con la naturaleza y la apropiación ciudadana pueden tener un valor que no necesariamente se mide en metros cuadrados construibles, en rentabilidad inmobiliaria o en el número de camas de un hospital.

Y es justamente allí donde la discusión se vuelve delicada.

Porque nadie sensato podría oponerse a la construcción de un hospital cuando una comunidad necesita mejores servicios de salud. El problema aparece cuando la necesidad de infraestructura termina utilizándose como argumento suficiente para desplazar otras consideraciones igualmente legítimas.

Una ciudad no puede ser obligada a escoger entre salud y ambiente como si fueran valores incompatibles.

Puede necesitar hospitales y, al mismo tiempo, proteger humedales. Puede requerir infraestructura pública y, simultáneamente, defender espacios educativos. Puede crecer sin destruir aquello que hace que ese crecimiento tenga sentido.

La pregunta que ahora debe responder Cornare

El Tribunal no está diciendo que el aula ambiental sea definitivamente un humedal.

Tampoco está resolviendo por sí mismo la totalidad de la controversia.

Está ordenando algo mucho más elemental: que se determine técnicamente qué es ese ecosistema y si merece protección.

Y mientras esa respuesta llega, el fallo dispone que no se adelante ninguna actividad de construcción o intervención dentro del predio.

La razón es sencilla: una discusión ambiental pierde sentido si, mientras se determina si un espacio debe ser protegido, se permite que ese mismo espacio sea transformado.

Por eso el numeral tercero resulta tan significativo. La orden judicial no solamente protege una discusión jurídica; protege físicamente el objeto de esa discusión.

Si el terreno debe ser estudiado para determinar si constituye un humedal u otro ecosistema de especial importancia, resulta razonable que permanezca sin intervenciones que puedan alterar las condiciones sobre las cuales deberá pronunciarse la autoridad ambiental.

La naturaleza no puede ser examinada después de haber sido modificada.

Cuando la ciudadanía siente que no está siendo escuchada

La enorme controversia que se ha generado alrededor de este espacio debería ser leída por la administración municipal no solamente como una dificultad política, sino como una señal democrática.

Cuando un proyecto genera malestar ciudadano de esta magnitud, la respuesta de un gobierno no debería consistir únicamente en defender administrativamente su decisión.

Debería consistir también en escuchar.

Escuchar no significa renunciar a gobernar. Significa entender que gobernar no es solamente tener la competencia legal para decidir, sino tener la capacidad política y ética de explicar, convencer y construir acuerdos.

Y mucho menos cuando la discusión involucra un espacio que la comunidad identifica como ambiental y educativo.

La ciudadanía tiene derecho a preguntar.

¿Es realmente indispensable intervenir ese lugar?

¿Existen alternativas?

¿Qué estudios ambientales se han realizado?

¿Qué significa exactamente que allí se pretenda desarrollar un hospital privado con recursos públicos?

¿Cuál sería el impacto ambiental?

¿Qué pasaría con el aula ambiental?

¿Qué participación ha tenido la comunidad?

Y, sobre todo, ¿por qué una decisión que compromete un espacio de estas características debería tomarse antes de resolver completamente su condición ambiental?

Son preguntas legítimas. No son obstáculos al desarrollo.

El desarrollo no puede convertirse en una palabra mágica

En muchas regiones de Colombia hemos cometido el mismo error: invocar el desarrollo para justificar prácticamente cualquier transformación del territorio.

Una carretera es desarrollo.

Una urbanización es desarrollo.

Un proyecto inmobiliario es desarrollo.

Una infraestructura es desarrollo.

Un hospital es desarrollo.

Y probablemente muchas de esas cosas efectivamente lo sean.

Pero el verdadero desarrollo no consiste simplemente en construir. Consiste en saber qué construir, dónde construirlo, para quién, con qué impactos y a costa de qué.

Una ciudad que destruye sus ecosistemas para crecer no necesariamente está progresando.

Una ciudad que sacrifica sus espacios educativos para ganar infraestructura tampoco necesariamente está avanzando.

Y una ciudad que obliga a sus ciudadanos a escoger entre un hospital y un humedal está planteando mal la discusión.

El desafío de la política pública moderna es precisamente encontrar soluciones que permitan garantizar derechos simultáneamente.

La justicia como límite al poder

Hay otro mensaje que no debería pasar inadvertido.

Cuando una decisión administrativa termina siendo revisada por los jueces, no significa necesariamente que la administración haya actuado de mala fe. Pero sí significa que el poder público tiene límites.

Y esos límites son saludables.

El Estado de derecho funciona precisamente porque ninguna autoridad está por encima de la Constitución, la ley, los derechos ciudadanos o el control judicial.

La decisión del Tribunal Superior de Antioquia obliga ahora a introducir una pausa, una revisión y una respuesta técnica.

Y esa pausa debería ser aprovechada.

No para profundizar la confrontación.

No para convertir el asunto en una batalla entre quienes apoyan a la alcaldesa y quienes la cuestionan.

Mucho menos para descalificar a los ciudadanos que defienden el aula ambiental.

Debería aprovecharse para hacer lo que probablemente debió hacerse desde el principio: poner toda la información sobre la mesa y permitir que una evaluación técnica seria y transparente ayude a resolver la controversia.

Porque cuando está en juego un ecosistema, la política debería apartarse un momento y dejar hablar a la ciencia.

La Ceja necesita una conversación más grande

La verdadera discusión de fondo es qué clase de municipio quiere ser La Ceja.

Una ciudad que crece aceleradamente, presionada por la urbanización y por el valor creciente de su suelo, necesita preguntarse qué quiere conservar mientras crece.

Porque los territorios también tienen memoria.

Hay lugares que parecen insignificantes hasta que desaparecen. Entonces entendemos que eran parte del paisaje, de la identidad, de la educación de nuestros niños, de la regulación del agua, de la biodiversidad y, en últimas, de la vida cotidiana.

Quizás el aula ambiental del BUL sea precisamente uno de esos lugares.

Quizás no sea un humedal.

Quizás sí.

La respuesta corresponde ahora a un estudio técnico que Cornare deberá elaborar y presentar dentro del plazo ordenado por el Tribunal.

Mientras tanto, existe una orden judicial inequívoca: no construir, no intervenir y no alterar el predio mientras se determina qué es y qué protección merece.

Y esa orden debería ser asumida no como una derrota de la Alcaldía, sino como una oportunidad para que La Ceja resuelva esta controversia con argumentos, transparencia y respeto por la ciudadanía.

Porque el futuro del municipio no puede construirse de espaldas a sus habitantes ni a costa de su patrimonio ambiental.

Si finalmente se demuestra que allí existe un ecosistema que merece protección, habrá que protegerlo.

Y si se demuestra que no existe, la administración tendrá la oportunidad de explicarlo públicamente con argumentos técnicos.

En ambos casos, gana la ciudad.

Porque una democracia madura no teme a las preguntas.

Las responde.

Y una administración verdaderamente fuerte no es la que nunca recibe un revés judicial.

Es la que sabe escuchar cuando los jueces, los técnicos y la ciudadanía le dicen que es necesario detenerse, revisar y explicar antes de continuar.

Aunque, en el caso del nuevo hospital, al parecer, otros intereses hacen a la alcaldesa y su administración ciegos y sordos frente al malestar ciudadano.

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