El Oriente Antioqueño es una región marcada por profundas transformaciones sociales, económicas y territoriales. Su historia reciente, atravesada por el conflicto armado, el desplazamiento, la expansión urbana acelerada y la presión de grandes intereses económicos, exige una mirada periodística rigurosa, ética y, sobre todo, sensible a las realidades locales. Sin embargo, lo que hoy predomina en gran parte del ecosistema mediático regional dista mucho de ese ideal: en lugar de medios de comunicación comprometidos con la verdad y el interés colectivo, abundan agencias convertidas en simples empresas de publirreportajes.
El periodismo, en su esencia, cuando no está corrompido, cumple una función social irrenunciable: informar, vigilar al poder y dar voz a quienes históricamente han sido marginados. En el Oriente Antioqueño, esta función resulta aún más crucial debido a la complejidad de sus problemáticas: conflictos socioambientales, desigualdad en el acceso a la tierra, megaproyectos que transforman el territorio, precarización laboral y una creciente desconexión entre las decisiones políticas y las necesidades reales de la población. Frente a este panorama, el silencio mediático o la información maquillada no son neutrales; se convierten en una forma prepaga de complicidad.
Desafortunadamente, muchos de los «medios», si es que se les puede llamar así, que operan hoy en la región han optado por priorizar los intereses económicos sobre la ética periodística. Amparados en convenios institucionales, pautas oficiales y alianzas con grandes empresarios, estos medios han reducido su labor informativa a la promoción constante de proyectos presentados como “desarrollo”, aunque en la práctica resulten leoninos para las comunidades. El lenguaje edulcorado, las entrevistas complacientes y la ausencia de voces críticas evidencian una preocupante renuncia al deber de cuestionar.
Esta lógica de la comunicación como negocio rentable, pero acrítico, termina por silenciar realidades incómodas: líderes sociales ignorados, comunidades afectadas por decisiones inconsultas, impactos ambientales minimizados y denuncias que nunca llegan a la agenda pública. Mientras unos pocos empresarios y sectores políticos garantizan jugosas ganancias, la ciudadanía pierde su derecho a estar informada de manera honesta. La información deja de ser un bien público y se transforma en mercancía al servicio del poder.
La consecuencia de este modelo es grave: se debilita la democracia local. Sin medios independientes y periodistas comprometidos, el debate público se empobrece y la participación ciudadana se reduce a una ilusión. La población del Oriente Antioqueño merece algo mejor que comunicados disfrazados de noticias y publirreportajes disfrazados de noticias; merece periodistas que caminen el territorio, escuchen a las comunidades y se atrevan a incomodar cuando sea necesario.
Resulta urgente y necesario reivindicar un periodismo regional ético, crítico y profundamente humano. Un periodismo que no le tema a perder convenios si eso significa ganar credibilidad; que entienda que su lealtad principal no es con el anunciante, sino con la verdad y con la gente. Apostar por comunicadores sensibles a la región no es un capricho, es una necesidad para construir un Oriente Antioqueño más justo, informado y consciente de su propio destino.
Qué lástima que hoy esta visión sea la excepción y no la regla. Pero también es una invitación: a periodistas, comunicadores y ciudadanía, para exigir y construir medios que estén a la altura de los desafíos del territorio que dicen representar.
Mañana lunes, a las 8 de la noche, iniciaremos una propuesta periodística diferente para toda la Región. Proyecto en el que esperamos el compromiso de toda la ciudadanía, no solo entrando a las redes sociales de Oriéntese Periodismo de Opinión, sino compartiendo nuestros contenidos para seguir siendo un referente de periodismo ético conectado con el territorio y sus comunidades.
