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EDITORIAL/Medellín y Antioquia no regresarán al pasado

No entiendo la desazón de los empresarios y los políticos paisas frente a la afirmación del candidato presidencial Iván Cepeda a Antioquia dentro de su programa de gobierno en un discurso titulado “Medellín y Antioquia no regresarán al pasado”, cuando el país y todos los órganos de control saben que: “En palabras sintéticas, Antioquia se…

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No entiendo la desazón de los empresarios y los políticos paisas frente a la afirmación del candidato presidencial Iván Cepeda a Antioquia dentro de su programa de gobierno en un discurso titulado “Medellín y Antioquia no regresarán al pasado”, cuando el país y todos los órganos de control saben que: “En palabras sintéticas, Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado”. Muy por el contrario, se hace necesario el debate crudo sobre una realidad palmaria y documentada judicialmente. Acaso no es cierto, así le cause dolor al pueblo alemán, que los nazis masacraron al pueblo judío.

La incomodidad que generan estas afirmaciones no es un fenómeno nuevo. Las sociedades suelen resistirse a confrontar las zonas más oscuras de su historia, especialmente cuando dichas realidades comprometen élites políticas, económicas o culturales que aún conservan poder. Sin embargo, la negación o la indignación frente al señalamiento no contribuyen a resolver el problema; por el contrario, tienden a perpetuar una narrativa incompleta que dificulta la construcción de una memoria colectiva honesta. Reconocer los hechos no equivale a condenar a una región entera, sino a asumir responsabilidades históricas para evitar que esos episodios se repitan.

En el caso de Antioquia, los procesos judiciales y las investigaciones periodísticas y académicas han documentado ampliamente la relación entre sectores de la política regional, estructuras paramilitares y economías ilegales durante las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI. La llamada “parapolítica” no fue una invención retórica sino un fenómeno probado en los tribunales, que llevó a la condena de numerosos dirigentes públicos en distintas regiones del país. En Antioquia, como en otros territorios, el paramilitarismo logró infiltrarse en estructuras institucionales y redes económicas, aprovechando un contexto de guerra interna, debilidad estatal y expansión del narcotráfico.

Reconocer ese pasado no implica negar los múltiples aportes de Antioquia al desarrollo económico, cultural e industrial de Colombia. La región ha sido motor empresarial, cuna de movimientos sociales y ejemplo de transformación urbana. No obstante, precisamente por su importancia histórica, el examen crítico de su pasado adquiere mayor relevancia. Las sociedades más sólidas son aquellas capaces de mirar su historia con lucidez, sin caer en la autocomplacencia ni en el encubrimiento de responsabilidades.

La comparación con la experiencia alemana tras el nazismo resulta ilustrativa. Alemania no construyó su democracia contemporánea negando los crímenes del régimen nazi, sino enfrentándolos abiertamente mediante procesos judiciales, políticas de memoria, educación histórica y reconocimiento de las víctimas. Ese proceso fue doloroso, pero permitió establecer una base ética para la reconstrucción política y moral del país. La memoria histórica no se concibe allí como un ataque a la nación, sino como una condición para la legitimidad de su democracia.

En Colombia, el debate sobre el pasado reciente aún genera profundas tensiones. Parte de la sociedad percibe cualquier señalamiento como una estigmatización regional o política, mientras que otros sectores reclaman una verdad más completa sobre las responsabilidades en el conflicto armado. La dificultad radica en encontrar un equilibrio entre la crítica histórica y el respeto por las comunidades que no participaron en esos hechos. El señalamiento debe dirigirse a estructuras, decisiones y actores concretos, evitando generalizaciones injustas.

Por ello, más que indignación, lo que debería suscitar un discurso que invite a no “regresar al pasado” es una reflexión colectiva. La discusión pública puede convertirse en una oportunidad para reafirmar el compromiso con la democracia, el Estado de derecho y la transparencia institucional. El reconocimiento de errores y crímenes históricos no debilita a una sociedad; por el contrario, fortalece su capacidad de aprender de ellos.

La memoria no es un ejercicio de acusación permanente, sino una herramienta para construir futuro. Antioquia, como cualquier otra región del país, tiene derecho a reivindicar sus logros y su identidad, pero también la responsabilidad de enfrentar los capítulos más difíciles de su historia. Solo a través de una conversación honesta y basada en hechos será posible avanzar hacia una sociedad más justa, donde el pasado no sea negado, sino comprendido para que no vuelva a repetirse.

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