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OPINIÓN/San Rafael no puede volver a la tragedia

Dos asesinatos ocurridos en las últimas horas, varios más registrados durante los últimos meses y la captura de un integrante de la Policía señalado de tener nexos con actores armados no pueden ser vistos como hechos aislados. Son, por el contrario, señales que deberían encender todas las alarmas de la sociedad y de las autoridades.…

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Dos asesinatos ocurridos en las últimas horas, varios más registrados durante los últimos meses y la captura de un integrante de la Policía señalado de tener nexos con actores armados no pueden ser vistos como hechos aislados. Son, por el contrario, señales que deberían encender todas las alarmas de la sociedad y de las autoridades.

San Rafael está recibiendo un mensaje que no puede ser ignorado: algo está pasando con la seguridad del municipio.

Y cuando una comunidad empieza a sentir nuevamente el miedo, cuando la violencia comienza a ocupar espacios que durante años habían sido recuperados para la tranquilidad, el silencio deja de ser prudencia y se convierte en una forma de indiferencia complice.

San Rafael conoce demasiado bien el precio de la violencia.

Este es un municipio que ha cargado durante décadas con las heridas de una historia marcada por el conflicto armado, los asesinatos, el desplazamiento, las amenazas y la presencia de estructuras ilegales. Muchas familias todavía llevan consigo nombres, ausencias y recuerdos que no necesitan ser explicados porque forman parte de la memoria colectiva.

Precisamente por eso, lo que está ocurriendo hoy debería preocuparnos mucho más.

No se trata solamente de contar muertos. Detrás de cada asesinato hay una familia que queda preguntándose por qué, una madre que pierde a un hijo, unos hijos que crecen sin su padre o una comunidad que vuelve a preguntarse si salir a la calle, viajar por una carretera o participar de determinadas actividades puede convertirse nuevamente en un riesgo.

La violencia nunca llega de repente. Antes de instalarse completamente en un territorio suele enviar señales.

Una muerte aquí. Una amenaza allá. Un actor armado que empieza a ganar influencia. Una comunidad que deja de hablar por miedo. Un comerciante que prefiere no denunciar. Una autoridad que comienza a perder capacidad de control. Y, quizá lo más grave, instituciones que no alcanzan a comprender que todos esos hechos hacen parte de una misma advertencia.

Por eso resulta especialmente preocupante que un policía haya sido capturado por presuntos nexos con actores armados. Más allá de la responsabilidad individual que deberá establecer la justicia, el hecho golpea directamente uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad: la confianza en sus instituciones.

La Policía está llamada a proteger a los ciudadanos y a garantizar el imperio de la ley. Cuando alguno de sus integrantes aparece relacionado con estructuras ilegales, el daño trasciende al funcionario investigado. La sospecha termina afectando la credibilidad de toda la institución y dejando a la ciudadanía aún más vulnerable.

Pero tampoco sería responsable convertir este momento en una oportunidad para alimentar el miedo.

San Rafael no necesita discursos incendiarios ni señalamientos generalizados. Necesita instituciones presentes, inteligencia, investigación, prevención, justicia y, sobre todo, una estrategia integral que permita entender qué está ocurriendo en el territorio y quiénes están intentando recuperar espacios para la ilegalidad.

Las autoridades municipales, departamentales y nacionales tienen la obligación de actuar antes de que la situación alcance niveles que después resulten mucho más difíciles de controlar.

Y la comunidad también tiene un papel fundamental. La ciudadanía no puede acostumbrarse a la violencia. No puede aceptar que los asesinatos se conviertan en una estadística más, ni que cada nuevo hecho sea recibido con la resignación de quien piensa que “eso ya había pasado antes”.

Precisamente porque ya pasó antes, hay que impedir que vuelva a pasar.

San Rafael tiene derecho a vivir una historia diferente.

Una historia en la que sus jóvenes puedan crecer sin que la violencia sea una posibilidad cercana. Una historia en la que los campesinos puedan transitar por sus veredas con tranquilidad. Una historia en la que comerciantes, familias, visitantes y trabajadores puedan desarrollar sus actividades sin sentir que el territorio está nuevamente siendo disputado por quienes entienden el poder desde las armas.

La memoria debería servir precisamente para eso: para no repetir.

Hoy no basta con reaccionar frente a cada asesinato. Es necesario preguntarse qué está ocurriendo detrás de ellos, qué estructuras están intentando fortalecerse, qué redes de apoyo existen, dónde están las fallas institucionales y qué puede hacerse para recuperar el control territorial y la confianza ciudadana.

Todavía estamos a tiempo.

Pero para estar a tiempo hay que escuchar las señales.

Los dos asesinatos recientes, los hechos violentos acumulados durante los últimos meses y la captura de un policía por presuntos vínculos con actores armados constituyen una advertencia demasiado seria para ser minimizada.

San Rafael ya conoce el dolor que deja la violencia.

No permitamos que la historia vuelva a repetirse.

La tranquilidad de un pueblo no puede defenderse únicamente cuando se pierde. Hay que protegerla antes. Y hoy, más que nunca, San Rafael necesita que las autoridades entiendan que detrás de estas señales existe una comunidad que está mirando, que tiene miedo y que está pidiendo algo tan elemental como urgente: no volver a vivir el pasado.

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