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EDITORIAL/Cuando la luz deja de ser un bien público y se convierte en una carga

Hay decisiones públicas que parecen incuestionables. ¿Quién podría oponerse a tener calles mejor iluminadas, parques más seguros o vías donde caminar de noche no represente un riesgo? La modernización del alumbrado público, con tecnología LED y una mayor cobertura, es una necesidad legítima para cualquier municipio que aspire a mejorar la calidad de vida de…

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Hay decisiones públicas que parecen incuestionables. ¿Quién podría oponerse a tener calles mejor iluminadas, parques más seguros o vías donde caminar de noche no represente un riesgo? La modernización del alumbrado público, con tecnología LED y una mayor cobertura, es una necesidad legítima para cualquier municipio que aspire a mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, una buena intención no exonera la obligación de administrar con transparencia, equidad y sentido de justicia.

En varios municipios del Oriente Antioqueño, como San Francisco, la creciente preocupación de empresarios, comerciantes y ciudadanos no gira alrededor de la existencia del alumbrado público, sino del costo que representa sostenerlo. Lo que para muchos comenzó como un proyecto de modernización hoy se ha convertido en una carga económica que despierta interrogantes difíciles de ignorar.

Resulta preocupante que numerosos usuarios reciban facturas en las que el cobro por concepto de alumbrado público iguala o incluso supera el valor de la energía que realmente consumen en sus negocios o viviendas. Esta situación desdibuja el principio de proporcionalidad que debería orientar cualquier tributo o contribución pública. Nadie discute que el servicio debe financiarse; lo que se cuestiona es que el costo termine siendo desproporcionado frente a la capacidad económica de quienes lo pagan.

El problema adquiere mayor relevancia cuando la expansión y renovación del sistema de iluminación se realiza mediante convenios con empresas privadas. Este tipo de alianzas puede ser una herramienta válida para acelerar inversiones que los municipios difícilmente podrían asumir con recursos propios. Sin embargo, también exige una vigilancia rigurosa sobre las condiciones financieras, los plazos de recuperación de la inversión, las utilidades pactadas y, sobre todo, el impacto que dichas decisiones tendrán durante años sobre los contribuyentes.

La preocupación ha dejado de ser una percepción aislada para convertirse en una realidad que comienza a tener consecuencias económicas concretas. Algunos establecimientos comerciales han manifestado que el costo del alumbrado público representa una de las cargas más difíciles de asumir dentro de sus gastos operativos. Incluso instituciones tan representativas para la región como la Cooperativa Pío XII, con una larga trayectoria de servicio financiero y social en el Oriente Antioqueño, están evaluando cerrar su oficina en el municipio de San Francisco debido a los elevados costos que deben asumir por concepto del alumbrado público. Cuando una entidad de esta naturaleza considera inviable continuar prestando sus servicios por el peso de los costos asociados a permanecer en el municipio, la situación deja de ser un asunto meramente administrativo para convertirse en una señal de alerta sobre la competitividad y la sostenibilidad económica del territorio.

La pregunta de fondo es sencilla: ¿quién termina financiando realmente estas obras? Si la respuesta es que son los ciudadanos quienes, mediante cobros crecientes en sus facturas, asumen el peso de la inversión y de la rentabilidad esperada por los operadores privados, entonces corresponde a las administraciones municipales explicar con absoluta claridad los criterios técnicos y financieros que justifican esas tarifas.

La transparencia no puede limitarse a la aprobación de un acuerdo municipal o a la firma de un contrato. Los ciudadanos tienen derecho a conocer cuánto costó el proyecto, cuál es la vida útil de las luminarias instaladas, cuánto disminuirán los costos de mantenimiento gracias a la tecnología LED, cuánto tiempo durará el convenio y cuál será el beneficio económico real para el municipio una vez finalicen las obligaciones contractuales. Sin esa información, la confianza pública inevitablemente se deteriora.

También debe considerarse el impacto económico sobre quienes generan empleo. Un comerciante que enfrenta un incremento constante en sus costos operativos ve reducida su capacidad para contratar personal, invertir o incluso mantener abierto su establecimiento. Para muchas pequeñas empresas, especialmente en municipios donde la economía depende del comercio local, cada peso adicional representa una presión significativa. Cuando el cobro por alumbrado público supera el valor de la energía consumida, el mensaje que reciben los emprendedores es que producir y generar empleo resulta cada vez más costoso.

No se trata de descalificar la modernización del alumbrado público. Al contrario, contar con espacios iluminados reduce riesgos de accidentalidad, mejora la movilidad nocturna y fortalece la percepción de seguridad. La discusión no es sobre la necesidad del servicio, sino sobre la forma en que se financia y sobre la distribución equitativa de sus costos.

Las administraciones municipales tienen la responsabilidad de encontrar un equilibrio entre el desarrollo de la infraestructura pública y la capacidad económica de los ciudadanos. Ese equilibrio solo es posible cuando existen estudios técnicos sólidos, mecanismos de control independientes, procesos de contratación transparentes y espacios de participación ciudadana donde las comunidades puedan conocer, preguntar y debatir las decisiones que afectan directamente su bolsillo.

Las obras públicas deben convertirse en patrimonio colectivo, no en motivo de inconformidad permanente. Una comunidad comprende la importancia de invertir cuando percibe que las cargas son razonables, que los recursos se administran con eficiencia y que el beneficio social justifica el esfuerzo económico.

La luz de una ciudad debe representar progreso, seguridad y bienestar. Pero cuando iluminar las calles implica oscurecer las finanzas de quienes habitan, emprenden y prestan servicios a la comunidad, corresponde abrir un debate sereno, técnico y transparente.

Porque el verdadero desarrollo no consiste únicamente en instalar más luminarias; consiste en garantizar que el costo de ese progreso sea justo, proporcional y compatible con la realidad económica de la comunidad que finalmente lo financia.

Es importante alertar sobre este tema porque otros municipios, como Cocorná, estudian la posible implementación del alumbrado público mediante convenios con entidades privadas, situación que prende las alarmas por las inconformidades sociales que pueden darse.

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