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EDITORIAL/Eugenio Prieto: cuando el poder cuesta los principios

Hay derrotas que no se cuentan en votos, sino en credibilidad. Hay despedidas que no dejan nostalgia, sino la sensación de una oportunidad desperdiciada. La salida de Eugenio Prieto Soto de la Gobernación de Antioquia parece pertenecer a esa categoría: una despedida con más pena que gloria, no por falta de trayectoria, sino porque el…

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Hay derrotas que no se cuentan en votos, sino en credibilidad. Hay despedidas que no dejan nostalgia, sino la sensación de una oportunidad desperdiciada. La salida de Eugenio Prieto Soto de la Gobernación de Antioquia parece pertenecer a esa categoría: una despedida con más pena que gloria, no por falta de trayectoria, sino porque el desenlace contrasta dolorosamente con las expectativas que alguna vez despertó.

Resulta inevitable recordar que fue Guillermo Gaviria Correa, desde el cautiverio en el que fue inmolado, quien depositó en él buena parte de su confianza para ayudar a construir una Antioquia inspirada en la participación ciudadana, la inclusión social y la filosofía de la No Violencia. Ese legado, cimentado sobre la convicción de que la transformación social debía surgir del diálogo y del respeto por la vida, representó durante años una referencia ética para el departamento. Sin embargo, para muchos ciudadanos, Eugenio Prieto terminó alejándose de ese horizonte al desempeñar un papel determinante dentro del actual gobierno departamental percibido como bastante distante de aquellos principios.

La política exige capacidad de adaptación, pero también coherencia. Adaptarse no puede significar renunciar a las convicciones que dieron origen a un liderazgo. Cuando el pragmatismo reemplaza a los principios, el costo suele ser irreversible. Quizá esa sea la principal lección que deja la trayectoria reciente de Prieto.

Durante años construyó un importante capital electoral. Fue un dirigente respetado, con influencia regional y proyección departamental. Parecía llamado a convertirse en una de las voces más sólidas del liberalismo antioqueño. Pero el respaldo ciudadano comenzó a erosionarse cuando muchos de quienes lo acompañaron dejaron de reconocer en él al dirigente que defendía con firmeza la descentralización, la autonomía territorial y la participación democrática.

La reciente pérdida de su representación en la Cámara va mucho más alla que un revés electoral. Es, sin duda, una advertencia política. Es el síntoma de un distanciamiento creciente entre el líder y la ciudadanía. Sin embargo, lejos de corregir el rumbo, esa percepción se ha profundizado con su actuación frente al futuro institucional del Oriente antioqueño y su papel en la promoción del AMO.

Quien durante décadas defendió el fortalecimiento de las autonomías territoriales terminó respaldando un modelo de gobernanza considerado profundamente centralista, en el que un municipio núcleo adquiriría un protagonismo capaz de condicionar las decisiones del resto del territorio. Para muchos líderes sociales, comunitarios y municipales, esa posición resulta difícil de conciliar con el discurso que durante años caracterizo su vida pública.

La historia política suele ser implacable con las contradicciones. No porque los dirigentes no puedan cambiar de opinión, sino porque los cambios exigen razones convincentes y coherencia ética. Cuando la ciudadanía percibe que las transformaciones obedecen más a las conveniencias del poder que a una evolución del pensamiento, la confianza se desmorona.

Y la confianza, una vez perdida, difícilmente regresa.

El poder seduce. Ofrece prestigio, influencia y capacidad de decisión. Pero también es efímero. Ningún cargo es permanente, ninguna administración es eterna y ninguna cuota burocrática sobrevive al paso del tiempo. Lo único que permanece es la memoria colectiva sobre la coherencia —o la incoherencia— de quienes ejercieron el poder.

Eugenio Prieto, nacido en Jericó, parecía destinado a ocupar un lugar destacado en la historia política de Antioquia. Tenía trayectoria, preparación y reconocimiento. Sin embargo terminó siendo protagonista de su propio declive. No fueron sus adversarios quienes construyeron su sepultura política; fueron, según mi opinión, las decisiones que lo alejaron de los principios que alguna vez defendió con convicción.

Si su retiro de la Gobernación obedece al inicio de una campaña para aspirar nuevamente al primer cargo del departamento, considero sinceramente que encontrará el rechazo de amplios sectores de la ciudadanía que, con el paso de los años, perdieron la confianza tanto en su liderazgo político como en su integridad personal. Ese será, probablemente, el precio de haber renunciado —según la percepción de muchos de sus antiguos seguidores— a los principios que durante décadas dieron sentido a su trayectoria pública. Porque en política las derrotas electorales pueden superarse, pero la pérdida de credibilidad es una deuda que difícilmente prescribe. Cuando los principios se transan por las conveniencias del poder, el costo termina siendo mucho mayor que la pérdida de un cargo: se pierde la autoridad moral con la que alguna vez se convocó la confianza de los ciudadanos.

Tal vez aspire nuevamente a conquistar el respaldo de los antioqueños. Es un derecho legítimo en democracia. Pero las campañas se construyen con discursos; la confianza, en cambio, se construye con coherencia. Y cuando esa coherencia se fractura, ningún eslogan, ninguna alianza y ninguna estrategia electoral bastan para restaurarla plenamente.

Porque los ciudadanos pueden aceptar los errores propios de la condición humana. Lo que difícilmente perdonan es la sensación de que un líder sacrificó sus principios para acomodarse a un poder que, como todos los poderes, termina siendo apenas un episodio pasajero de la historia.

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