En declaraciones del pasado viernes en Santuario, el Gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, desestimó como “satanizadores” a quienes levantan su voz en defensa del Oriente Antioqueño frente a la propuesta de conformar un Área Metropolitana del Oriente (AMO) en ocho de los veintitrés municipios que integran esta Región. Tal calificativo no solo resulta peligroso, sino que evidencia un desconocimiento profundo del tejido social, histórico y ambiental de un territorio que ha construido su desarrollo a través de la participación comunitaria, la resiliencia y la autonomía.
Desde Oriéntese Periodismo de Opinión, asumimos que el Gobernador está calificando también el ejercicio que emprendimos hace un mes con la Maratón de Voces Ciudadanas, un espacio que nació precisamente para sacar a las calles y a las plazas públicas una discusión que hasta ese momento se venía adelantando en la clandestinidad de los clubes privados, las oficinas de los alcaldes y los salones cerrados de planeación. Con más de 500 mil visitas en nuestras redes sociales, quedó claro que hay una sed real, profunda y legítima de participación ciudadana, y que existe una necesidad urgente de construir colectivamente el presente y el futuro del territorio. No solo de los ocho municipios seleccionados por conveniencia técnica o política, sino de todo el Oriente Antioqueño, en su riqueza diversa y compleja.
El Oriente Antioqueño no es una extensión vacía a la espera de ser urbanizada; es una región con identidad propia, con comunidades organizadas que han vivido en carne propia los efectos de modelos de desarrollo impuestos desde afuera. Llamar “satanizadores” a quienes cuestionamos un modelo que proyecta la urbanización masiva de 80 kilómetros y la llegada de 2,5 millones de nuevos habitantes no solo es una descalificación arbitraria, sino una omisión del verdadero debate que debe darse: ¿para quién se está planificando este territorio?
Los problemas que hoy aquejan al Área Metropolitana del Valle de Aburrá —como la congestión vehicular, la contaminación, el déficit habitacional, la pérdida de suelo agrícola y la crisis hídrica— no pueden ni deben trasladarse al Oriente en nombre del “progreso”. Pretender que esta región soporte una presión urbanística y demográfica de esa magnitud sin antes haber concertado un modelo territorial con las comunidades, no solo es irresponsable, sino profundamente antidemocrático.
Lo que muchos y muchas, no unos cuantos como dice el Gobernador, estámos defendiendo no es una negativa irracional al crecimiento, sino el derecho a decidir sobre su propio territorio. No se trata de oponerse por oponerse, sino de exigir un modelo que respete la vocación agrícola, ambiental y cultural de la Región. Un esquema que priorice la sostenibilidad sobre la especulación, la equidad sobre la concentración de poder y recursos, y la participación efectiva sobre las decisiones unilaterales.
La historia del Oriente Antioqueño es también una historia de resistencia. Resistimos al conflicto armado, resistimos al desplazamiento forzado, y ahora resistimos a un modelo de crecimiento, presentado como desarrollo, que no nos consulta ni nos representa. Y lo hacemos con argumentos, con propuestas, con alternativas. Porque sí queremos un esquema asociativo regional, pero uno construido desde abajo, con base en la escucha activa, la planeación participativa y el respeto a los saberes locales.
Por eso, cuando esta imposición caiga —porque caerá, al igual que otras tantas que han intentado imponerse sin el consentimiento del pueblo—, será necesario que quienes hoy nos señalan y descalifican, se sienten con nosotros y nosotras a hablar de frente, a construir juntos. No desde la imposición, sino desde el diálogo. No desde los intereses particulares, sino desde el bien común.
Gobernador, no se equivoque. No somos “algunos”, somos muchos y muchas. Somos campesinos, ambientalistas, académicos, jóvenes, madres, líderes sociales, concejales, alcaldes, hombre, mujeres. Ciudadanos y ciudadanas que amamos este territorio. No nos subestime. Aquí hay historia, hay dignidad, y hay un proyecto de vida que no será entregado al mejor postor.
El futuro del Oriente Antioqueño debe ser construido por quienes lo habitan y lo cuidan. El crecimiento no puede ser sinónimo de despojo, ni la integración regional excusa para la pérdida de autonomía. Estamos dispuestos al debate, a la construcción colectiva, a repensar el territorio. Pero no vamos a aceptar imposiciones que comprometen nuestro presente e hipotecan el futuro de nuestras generaciones.
Porque el Oriente no se vende. El Oriente se defiende. Y la palabra de su gente, hoy más que nunca, se multiplica.
