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EDITORIAL/El Oriente Antioqueño no está en venta

Lo que se vivió el miércoles en Comfama de Rionegro, durante el Encuentro Nacional de Áreas Metropolitanas, no fue un ejercicio democrático ni un acto de planificación responsable. Fue una escenificación premeditada: la maquinaria está montada, la planadora encendida y el libreto escrito por los mismos de siempre. Políticos con viejas ambiciones –con el muy…

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Lo que se vivió el miércoles en Comfama de Rionegro, durante el Encuentro Nacional de Áreas Metropolitanas, no fue un ejercicio democrático ni un acto de planificación responsable. Fue una escenificación premeditada: la maquinaria está montada, la planadora encendida y el libreto escrito por los mismos de siempre. Políticos con viejas ambiciones –con el muy cuestionado Rubén Darío Quintero a la cabeza–, empresarios ansiosos por urbanizar hasta la última ladera, gremios que ven en el cemento su mejor inversión, y alcaldes, que engañaron a sus electores prometiendo no entregar la autonomía municipal y que ya se frotan las manos ante una nueva estructura burocrática. El plan: imponerle al Oriente Antioqueño un Área Metropolitana que extienda su franja, urbanizable hasta los 80 kilómetros, con una población proyectada de dos millones y medio de habitantes, como lo revelo recientemente El Colombiano.

Y como toda maquinaria necesita lubricantes, aquí el engrase corre por cuenta del dinero. No el que se invierte en servicios o bienestar, sino el que mueve voluntades, aplasta resistencias y compra silencios. En este punto, es imposible no resaltar el nefasto papel que juegan algunos medios prepagos de comunicación de la Región. MiOriente y La Prensa, entre otros, para ser directos, han dejado de ser observadores críticos o narradores de la realidad para convertirse en amplificadores del poder. A cambio de unas cuantas monedas, venden no solo titulares, sino también el futuro de un territorio que merece ser contado con dignidad y no como una cuña publicitaria de intereses particulares.

Estos medios prepagos no solo encubren la gravedad de lo que se avecina, sino que maquillan la narrativa para presentar una imposición como un avance inevitable. Ocultan la falta de participación ciudadana, callan las voces disidentes y normalizan un modelo de desarrollo que, en realidad, es saqueo institucionalizado. En su complicidad, no solo traicionan el periodismo, sino que se convierten en actores directos de un proceso de transformación que puede borrar décadas de construcción comunitaria.

El Oriente Antioqueño no es una tabla rasa sobre la cual se pueda trazar a voluntad el mapa del negocio inmobiliario. Es un territorio con historia, con identidad campesina, con culturas vivas que durante décadas han resistido la imposición del modelo extractivo y del “desarrollo” de unos pocos a costa de todos. Lo que está en juego aquí no es solo un modelo de ocupación del suelo, sino el alma misma de una región que ha sabido crecer con dignidad, pese al abandono del Estado y las amenazas constantes del capital especulativo.

¿Dónde están las consultas previas? ¿Dónde está el consentimiento informado de las comunidades? ¿Dónde el respeto por las formas tradicionales de vida y por los ecosistemas que sostienen a la región? Todo parece indicar que esas preguntas ya fueron respondidas, no por la ciudadanía, sino en las oficinas del poder donde se firman acuerdos sin testigos y se reparten territorios como botines de guerra.

Pero el Oriente Antioqueño no es pasivo, ni ciego, ni amnésico. Es un territorio con historia, con una identidad arraigada, con comunidades que han sabido resistir a las imposiciones de turno. Ya lo ha hecho antes, enfrentando megaproyectos, intereses externos y políticas excluyentes. Y esta vez no será diferente. Como en la historia bíblica de David contra Goliat, la fuerza no radica en el tamaño del adversario, sino en la convicción de quien defiende lo justo.

El desarrollo que necesitamos no es el que se impone con retroexcavadoras ni con discursos maquillados de progreso, como el presentado por Eugenio Prieto Soto el pasado miércoles. Es el que se construye desde abajo, con respeto por la tierra, por las personas y por los ritmos del territorio. Lo demás es colonización disfrazada de modernidad. Y el Oriente, una vez más, sabrá decir que no.

La pelea que viene no es solo por el uso del suelo o la extensión de la mancha urbana. Es por la autonomía, por el derecho a decidir el destino del territorio, por la defensa de los ecosistemas, por la permanencia digna de sus habitantes. Y en esta lucha, las comunidades sabrán organizarse, resistir y decir –una vez más– que el Oriente no está en venta.

Con toda claridad tengo que manifestar que no estoy en contra del desarrollo, ni de una figura asociativa que, desde la concertación y el respeto por la autonomía territorial, permita articular esfuerzos en beneficio de toda la Región. Por el contrario, creo firmemente en la necesidad de planear de forma colectiva y sostenible el futuro del Oriente Antioqueño. Sin embargo, lo que rechazo tajantemente es el disfraz descarado que pretenden ponerle a la nueva Área Metropolitana: una estructura presentada como solución técnica, pero que en realidad es un proyecto político y económico diseñado para beneficiar a unos pocos, imponiéndose sin verdadera participación ciudadana, sin estudios independientes y sin un diálogo abierto con las comunidades.

Anuncio desde ya, en este Día de la Independencia que, con el respaldo de varios amigos anónimos y aliados comprometidos con el desarrollo equilibrado y justo del Oriente Antioqueño, a partir del 1 de agosto, y hasta el 30 de octubre, iniciaré una franja de opinión en redes sociales, de lunes a viernes entre las 8 y 8:30 p.m. Este espacio estará abierto para que las voces ciudadanas se expresen libremente, con argumentos y convicción, por el NO ha ese adefesio que nos quieren imponer bajo el nombre de Área Metropolitana. Porque el territorio no se entrega, ni se negocia ha espaldas de su gente.

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