Tenemos que escucharnos

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Guillermo Zuluaga Ceballos, Periodista-Historiador

Soy  de San Vicente. Allí estuve los primeros años de mi vida. Sin embargo muchos de mis recuerdos están anclados a los pueblos vecinos, y por ello, siendo coherente, debo admitir ante todo que soy del Oriente antioqueño.

Durante mis primeros años el Oriente me parecía una porción de tierra donde todo estaba al alcance de la mano: sabrosas y abundantes  comidas con productos y sazón propios, madera, flores, agua en abundancia; verdes de todos los colores como diría Aurelio Arturo, pájaros con todos los plumajes, mamíferos y reptiles de todas las tallas. Y había factorías y surtidos comercios. En fin, en esta región  encontrábamos casi todo. Y ni qué hablar de nuestra mayor riqueza: sus gentes: nuestras bellas y fuertes mujeres que despertaban suspiros, y ese pecho que se inflaba con los triunfos de nuestros ciclistas: Ramón Hoyos, Antonio Londoño, Abelardo Ríos,  Reynel Montoya.

Con ese entorno fui formándome “una imagen”, una cierta pertenencia. Ese Oriente tan diverso y tan rico como la Galería de Rionegro en una madrugada sabatina. Todo parecía encontrar solución aquí. Todo parecía hallarse en este pedazo de tierra. Nos sentíamos privilegiados por Dios o por Natura, o por no se sabe quién. 

Sin embargo, ese oriente bucólico comenzó a perderse. Unos años después, estando un poco alejado (físicamente más nunca sentimentalmente)  empecé a enterarme de que ese, mi Oriente, se tornó sinónimo de muerte y de zozobra. Esas  voces y esos sonidos que escuchara en mis primeros años comenzaron a cambiarse por el de los fusiles y las detonaciones. Y entonces la imagen de esos pueblos que estaban en mi memoria comenzó a desteñirse. También las voces de los abuelos con quienes hablara en mis primeros años ahora eran reemplazadas por otras menos optimistas: “del oriente se nos llevaron las riquezas y nos dejaron únicamente las masacres y los secuestros”, decían. 

Entre finales de los años noventa y los primeros de este siglo, todo fue desalentado. En esos años regresé  al oriente,  y descubrí sin embargo que mi región,  a pesar de esos dolores, echaba mano de su pasado de revueltas y de rebeliones y de movimientos cívicos y luchaba, desde ahí, por comenzar a construirse un futuro. A pesar de la impotencia por las vidas y las riquezas perdidas, sentí que no todo estaba echado a la suerte. Seguían  vivas las ganas de luchar. Los acercamientos de los alcaldes con los grupos armados,  las de algunos sacerdotes,  la de algunos líderes cívicos, de colegas periodistas,  aun arriesgando su vida y su integridad mostraban que pervivía la fe y los  ánimos de trabajar por defender la vida de los paisanos. Le  seguíamos apostando  a un futuro. 

En ese entonces me pregunté por qué pasaba todo eso en mi tierra y caí en cuenta de que no nos escuchábamos. Y que cada quien se había construido un futuro sin pensar en el del lado, y que también el oriente le resolvió el futuro a muchos a costas de nuestro presente. 

Por un tiempo volví a irme (físicamente). Pero siempre el oriente ha estado en mí.  Y he sentido el oriente fue dejando atrás sus días más negros. Vinieron nuevos aires con la firma de procesos de paz con grupos alzados en armas que defendían banderas e intereses desde todos lados. Hubo un poco de tranquilidad y se retomó  la idea de “progreso”. Y entonces se activó de nuevo el transporte, el comercio, se volvieron a construir fábricas, se pavimentaron nuevas calzadas, algunas vías veredales. Y además, hubo pactos,  y se crearon grupos, hubo asambleas, se habló de nuevas asociaciones. Seguía, pues, tan vivo el interés por continuar habitando este territorio bendecido por Natura. Y se pensaba en construir un proyecto colectivo. 

Y entonces ahora que los vientos de la pandemia me han empujado de nuevo a mi tierra, “en cuerpo y alma” estoy tan contento de reencontrarme con este oriente, que se parece un poco al de mis primeros años. Porque  hay cierta tranquilidad, cierta calma. Y aún queda algo de ese verde que rodeó mis primeros años. Y  aún desfilan aguas entre cañadas. Hay esperanzas.

Pero  creo que algo falta: se sigue construyendo un gran oriente en el centro, pero la periferia sigue tan lejana como siempre. Y entonces ahora creo que si queremos que el oriente –no el de las postales verde pera y cielo de cobalto de los proyectos de condominios- todo sea grande de verdad, necesitamos Escucharnos. 

Invitemos a los campesinos, a los dirigentes,  a las amas de casa,  a los desplazados,  a las madres cabeza de familia, a las fuerzas civiles, militares,  a la iglesia, a los políticos, a los empresarios  a que nos digan, nos digamos, cuál es la idea de progreso que cada uno tiene –tenemos-  para el Oriente. 

Tenemos que llegar todos y desde todas partes del Oriente. Porque ese desconocimiento total de la región genera violencia. El Oriente también es el lejano, el de los bosques húmedos, el suroriente, el de los embalses. El oriente es el Presidente de la empresa ahora jubilado que vive en El Retiro y el campesino analfabeta pero sabio del Alto de San Miguel en Alejandría.   A  todos tenemos que convocarlos a pensar en  un proyecto conjunto para la región. 

Itero: el día que todos nos escuchemos, estaremos en camino de ser  ese Oriente cargado de alegrías y de esperanzas como los que siguen anidando mis recuerdos.

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