El Oriente Antioqueño atraviesa una crisis de seguridad que ha alcanzado niveles alarmantes. La reciente masacre en el municipio de El Carmen de Viboral y el incremento sostenido de muertes violentas en distintos municipios de la región, como el municipio de Nariño, evidencian una descomposición social y una preocupante incapacidad institucional. Esta situación no solo pone en entredicho la gestión de la fuerza pública, sino que además revela una profunda omisión de la Fuerza Pública en su deber constitucional de garantizar la vida, la seguridad y la tranquilidad de sus ciudadanos.
En los últimos años, distintos sectores sociales, líderes comunitarios y organizaciones defensoras de derechos humanos han alertado sobre la reconfiguración de los actores armados ilegales en la región. Bandas criminales y estructuras dedicadas al narcotráfico y la extorsión han encontrado en el Oriente Antioqueño un territorio propicio para expandirse y consolidar su poder. Sin embargo, la respuesta estatal ha sido insuficiente y, en muchos casos, negacionista. Los Consejos de Seguridad locales y regionales, que deberían ser escenarios de diagnóstico y acción efectiva, se han convertido en espacios de retórica institucional sin resultados tangibles.
El problema radica, en buena medida, en la falta de una política integral de seguridad que trascienda las acciones reactivas y se base en la inteligencia estratégica. La región requiere una presencia efectiva, no simbólica, de la Fuerza Pública; una acción de inteligencia que permita identificar, perseguir y desmantelar las estructuras criminales que hoy operan con impunidad. Ello implica no solo fortalecer las capacidades operativas, sino también depurar sus filas, garantizar la transparencia en su accionar y establecer canales de comunicación reales con las comunidades, que son las primeras víctimas de esta violencia.
El aumento de las muertes violentas en el Oriente Antioqueño evidencia, de manera contundente, el fracaso de las políticas públicas de seguridad impulsadas por la Gobernación de Antioquia. La imposición del denominado impuesto a la seguridad, ampliamente cuestionado por su falta de transparencia y por la escasa eficacia en los resultados, no ha logrado traducirse en una mejora real de las condiciones de protección ciudadana. A ello se suma la preocupante inclusión, en el Plan de Desarrollo Departamental, de una línea que pretende involucrar a civiles en labores que son competencia exclusiva de la Fuerza Pública, lo cual no solo desdibuja los límites entre la ciudadanía y las instituciones armadas, sino que pone en riesgo la integridad y la vida de las comunidades. Esta delegación impropia de funciones refleja una gestión improvisada y carente de enfoque estratégico, que ha dejado a la población expuesta al accionar de grupos ilegales y a una violencia que crece al amparo de la ineficacia institucional.
La ausencia de voluntad política es otro de los factores determinantes en esta crisis. Mientras los grupos armados amplían su control sobre los territorios, las autoridades mantienen un discurso complaciente que desconoce la magnitud del problema. Esta actitud institucional no solo perpetúa la violencia, sino que aumenta la desconfianza ciudadana en las instituciones. La seguridad, entendida como un derecho y no como un privilegio, exige decisiones valientes, coordinadas y sostenidas en el tiempo.
El Oriente Antioqueño no puede seguir siendo un territorio donde la muerte se normaliza y donde la impunidad se vuelve paisaje. Urge que la institucionalidad asuma con seriedad su papel garante de la vida y la convivencia. Es momento de pasar de las declaraciones a la acción; de los diagnósticos a las estrategias concretas. La inteligencia, la cooperación interinstitucional y la participación comunitaria deben ser los pilares de una nueva política de seguridad que devuelva la esperanza a una región que hoy clama justicia, presencia y paz.
