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OPINIÓN/LA MENTALIDAD DEL EMPAQUE

La terminación de la Concesión DEVIMED debería abrir una conversación seria y profunda sobre el futuro de la infraestructura regional, sobre la redistribución de las inversiones públicas y sobre la posibilidad histórica de que municipios olvidados entren, por fin, en las prioridades del desarrollo. Deberíamos estar discutiendo cómo los excedentes de los peajes no pueden…

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La terminación de la Concesión DEVIMED debería abrir una conversación seria y profunda sobre el futuro de la infraestructura regional, sobre la redistribución de las inversiones públicas y sobre la posibilidad histórica de que municipios olvidados entren, por fin, en las prioridades del desarrollo. Deberíamos estar discutiendo cómo los excedentes de los peajes no pueden seguir concentrándose únicamente en los territorios con mayor crecimiento económico, mientras otras comunidades de la misma zona de influencia continúan atrapadas entre vías deterioradas, baja conectividad y profundas dificultades sociales. Deberíamos preguntarnos qué significa una nueva concesión pensada desde la equidad territorial y no exclusivamente desde la rentabilidad.

Sin embargo, en medio de esa discusión apareció un comentario en mi red social Facebook que retrata con precisión el tipo de sociedad superficial en la que nos estamos convirtiendo. La señora Zulu Zuluaga, creo que desde un perfin falso, no opinó sobre el cierre de la Concesión, no dijo una sola palabra sobre las inversiones realizadas, no cuestionó el modelo de distribución de los recursos, no se interesó por la propuesta de incluir a municipios históricamente marginados dentro de un nuevo esquema vial. Su reflexión política y humana se redujo a esto: “Para ser izquierdoso hay que dejarse dañar los dientes… arréglense los dientes que el abandono es sinónimo de comunismo”.

No era un comentario sobre ideas. Era un comentario sobre apariencia. Sobre dientes. Sobre estética. Sobre la necesidad de que la imagen se ajuste a un molde social previamente aceptado para que una persona pueda ser escuchada o considerada válida.

Y allí hay un problema mucho más profundo que un simple insulto. Ese comentario es apenas un síntoma de un fenómeno cultural que se ha expandido silenciosamente: vivimos en el mundo del empaque. Un mundo donde la apariencia ha reemplazado el contenido, donde el valor de una persona parece medirse más por la perfección de su sonrisa, la marca de su ropa o la pulcritud de su imagen pública que por sus ideas, su historia, su sensibilidad social o sus argumentos.

Nos acostumbraron a consumir personas igual que productos. Importa más cómo se ven que lo que piensan. Más la fotografía que la propuesta. Más el maquillaje que la realidad. Y eso ha empobrecido profundamente la conversación pública. Hoy mucha gente ya no debate ideas; clasifica apariencias. No analiza argumentos; descalifica rostros. No escucha propuestas; observa defectos físicos.

La tragedia de esta lógica es que termina convirtiendo la política y la vida pública en un concurso de imagen, no en un escenario de reflexión colectiva. Por eso resulta más fácil burlarse de unos dientes que discutir la inequidad territorial. Es más cómodo ridiculizar a alguien por su aspecto que preguntarse por qué hay municipios enteros excluidos de las grandes inversiones regionales. El ataque físico reemplaza el debate porque el pensamiento crítico exige esfuerzo, mientras la burla superficial apenas requiere prejuicio.

Además, hay algo profundamente clasista detrás de ese tipo de comentarios. Porque en países como el nuestro la apariencia física muchas veces también refleja las desigualdades económicas. Tener acceso a tratamientos odontológicos costosos, procedimientos estéticos o estándares de “presentación” impuestos socialmente no es una posibilidad igual para todos. Por eso resulta tan revelador que algunas personas asocien automáticamente la estética con el valor moral o político de alguien. Como si la dignidad humana dependiera de la blancura de una sonrisa. Como si la pobreza estética invalidara las ideas.

Pero lo más preocupante es la asociación final: “el abandono es sinónimo de comunismo”. Allí aparece otro problema de nuestro tiempo: la incapacidad de pensar más allá de etiquetas vacías. Todo se simplifica hasta el absurdo. Ya no importa comprender los procesos sociales, económicos o históricos; basta con lanzar palabras convertidas en caricaturas ideológicas. Comunismo, izquierda, derecha: términos utilizados no para argumentar sino para estigmatizar. Exactamente lo que está pasando con la campaña a la presidencia de la República en la que los epítetos han suplantado las ideas y las propuestas.

En el fondo, ese comentario revela cómo ciertos sectores han aprendido a mirar el mundo únicamente desde la superficie. Y una sociedad que solo mira superficies termina perdiendo la capacidad de comprender el dolor humano, la desigualdad y las complejidades de la realidad. Cuando la estética domina sobre la ética, el resultado es una cultura mediocre, incapaz de construir debates serios y profundamente indiferente frente a los problemas colectivos.

Por eso esta no es una reflexión sobre dientes. Es una reflexión sobre la pobreza intelectual de una época que confunde apariencia con verdad. Sobre una sociedad que muchas veces prefiere la foto al pensamiento, el prejuicio al análisis y la burla a la conversación.

Tal vez el verdadero abandono no sea el de una sonrisa imperfecta. Tal vez el verdadero abandono sea el del pensamiento crítico, la empatía y la capacidad de discutir ideas con profundidad. Porque una sociedad que deja de pensar para dedicarse únicamente a mirar empaques termina siendo fácilmente manipulable, incapaz de reconocer las injusticias y peligrosamente vacía.

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