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EDITORIAL/Más allá de los «salvadores»: una decisión ética para Colombia

En tiempos de crisis y profundas divisiones sociales, los pueblos suelen sentirse atraídos por figuras que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. La historia, sin embargo, ha demostrado que cuando una nación deposita toda su esperanza en un individuo presentado como el único capaz de rescatarla, corre el riesgo de debilitar sus instituciones, alimentar la…

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En tiempos de crisis y profundas divisiones sociales, los pueblos suelen sentirse atraídos por figuras que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. La historia, sin embargo, ha demostrado que cuando una nación deposita toda su esperanza en un individuo presentado como el único capaz de rescatarla, corre el riesgo de debilitar sus instituciones, alimentar la polarización y sacrificar la reflexión crítica. Por ello adquieren una especial relevancia las palabras del papa Francisco cuando advirtió: “Le tengo miedo, pavor, a los salvadores de la patria”.

No se trata de una frase política, sino profundamente humana y ética. Francisco nos recuerda que ninguna persona, por brillante o carismática que sea, puede asumir el papel de redentor de una nación. Las sociedades democráticas se construyen con participación ciudadana, con instituciones fuertes y con la capacidad de escuchar al otro, incluso cuando piensa diferente. Los verdaderos cambios nacen de la corresponsabilidad de todos y no de la exaltación de un líder providencial.

En la misma dirección apunta el papa León cuando afirma que “Dios no está con los malvados, ni los soberbios, sino con los pequeños y los humildes”. Estas palabras invitan a mirar la política desde una perspectiva distinta a la del poder por el poder. La grandeza de un gobernante no debería medirse por la fuerza de sus discursos ni por la intensidad de sus seguidores, sino por su capacidad de servir, escuchar, dialogar y trabajar por quienes más necesitan oportunidades y justicia.

La humildad en política no es debilidad. Por el contrario, es la virtud que permite reconocer errores, construir consensos y entender que ningún proyecto nacional puede edificarse sobre el desprecio, la exclusión o el odio hacia quienes piensan diferente. Cuando la soberbia se instala en el debate público, la verdad se convierte en propiedad de unos pocos y la democracia pierde su esencia pluralista.

Por ello resulta particularmente significativo el reciente mensaje de la Conferencia Episcopal Colombiana cuando recuerda que “el cristiano no vota por salvadores, sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de la casa común”. Con estas palabras, los obispos invitan a los ciudadanos a elevar la calidad del discernimiento electoral. No se trata de elegir entre mesías políticos, sino de evaluar propuestas, trayectorias, compromisos éticos y capacidades reales para gobernar.

Más adelante, el mensaje episcopal añade una afirmación que debería resonar en la conciencia de cada ciudadano: “Recordamos que el voto es una responsabilidad ética”. En efecto, votar no es simplemente ejercer un derecho; es asumir un deber moral frente al presente y al futuro de la nación. Cada sufragio expresa una visión de país, una apuesta por determinados valores y una responsabilidad frente a las generaciones venideras.

Colombia necesita superar la lógica de amigos y enemigos que durante años ha fracturado el tejido social. El odio, la descalificación permanente y la polarización extrema no construyen escuelas, no generan empleo, no fortalecen la salud ni garantizan la seguridad. Por el contrario, profundizan las heridas y dificultan la búsqueda de soluciones compartidas.

La verdadera pregunta que debe hacerse cada ciudadano no es quién grita más fuerte ni quién promete más, sino quién representa mejor los valores de respeto por la dignidad humana, compromiso con la justicia social, defensa de la democracia, cuidado del medio ambiente y capacidad de reconciliación nacional. La respuesta no puede provenir de consignas ni de emociones pasajeras; debe surgir de una reflexión serena e informada.

En momentos decisivos para la vida del país, la conciencia ciudadana está llamada a actuar con madurez. Las enseñanzas del papa Francisco, del papa León y de la Conferencia Episcopal Colombiana convergen en un mismo llamado: desconfiar de los personalismos, valorar la humildad, examinar las propuestas y asumir el voto como un acto profundamente ético.

El futuro de Colombia no depende de un salvador. Depende de una ciudadanía capaz de pensar, discernir y decidir con libertad, responsabilidad y esperanza. Solo así será posible construir una nación donde prevalezcan el diálogo sobre el insulto, la justicia sobre el privilegio y el bien común sobre los intereses particulares.

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