, ,

OPINIÓN/La sospechosa aparición de un enemigo inexistente

Que en un municipio donde el ELN desapareció hace más de dos décadas, militares adscritos al Batallón Juan del Corral encuentren una supuesta caleta con banderas nuevas, armas nuevas y equipos de comunicación de última generación en plena época electoral no solo resulta absolutamente sospechoso, sino que plantea serias preguntas sobre los verdaderos intereses detrás…

Compartir en redes sociales:

Que en un municipio donde el ELN desapareció hace más de dos décadas, militares adscritos al Batallón Juan del Corral encuentren una supuesta caleta con banderas nuevas, armas nuevas y equipos de comunicación de última generación en plena época electoral no solo resulta absolutamente sospechoso, sino que plantea serias preguntas sobre los verdaderos intereses detrás de este tipo de anuncios que, por supuesto, logró la atención de varios medios de manera inmediata. Más que un hallazgo que genere tranquilidad, parece una puesta en escena cuidadosamente calculada para influir en la percepción ciudadana y alimentar un discurso político determinado.

La historia reciente del Oriente Antioqueño permite analizar este hecho con una perspectiva que va más allá de los titulares. Quienes hemos seguido durante años la evolución del conflicto armado en la región conocemos las profundas transformaciones que han ocurrido en el territorio. Los años de confrontación entre guerrillas, paramilitares y Fuerza Pública dejaron cicatrices imborrables, pero también dieron paso a una realidad distinta en la que los grupos insurgentes que durante décadas tuvieron presencia en la zona desaparecieron progresivamente.

Como periodista que ha recorrido los municipios del Oriente Antioqueño y ha documentado de cerca las dinámicas de seguridad de la región, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que en este territorio no existe presencia activa del ELN, ni de las FARC, ni de estructuras disidentes. Esa es una realidad ampliamente conocida por las comunidades, los líderes sociales, las autoridades locales y los propios organismos de seguridad.

Por eso resulta difícil comprender cómo, de repente, aparece un supuesto indicio de actividad guerrillera precisamente en un momento en el que la agenda política gira alrededor de la seguridad como principal bandera electoral de uno de los candidatos en contienda. La coincidencia temporal es demasiado evidente para ser ignorada y obliga a preguntarse si estamos frente a un hecho genuino o ante una narrativa construida para generar temor y posicionar determinadas propuestas políticas.

Más preocupante aún es que miembros de las Fuerzas Militares puedan prestarse para este tipo de ejercicios que terminan desinformando a la ciudadanía. La institucionalidad militar debe estar al servicio de la verdad, de la protección de la población y del fortalecimiento de la confianza pública, no de estrategias de comunicación que puedan interpretarse como herramientas de campaña. Cuando la seguridad se convierte en un instrumento electoral, el riesgo es que se manipulen los hechos para justificar discursos que apelan al miedo y a la incertidumbre.

La construcción de enemigos inexistentes ha sido una práctica recurrente en distintos momentos de la historia política colombiana y, particularmente, de este Territorio. Presentar amenazas sobredimensionadas o revivir fantasmas del pasado suele generar réditos políticos inmediatos, especialmente en contextos electorales donde algunos sectores buscan posicionarse como los únicos capaces de garantizar el orden y la tranquilidad. Sin embargo, esa estrategia tiene un costo elevado: erosiona la credibilidad de las instituciones y distorsiona el debate democrático.

Los habitantes del Oriente Antioqueño merecemos información veraz y rigurosa sobre su realidad. Merecemos que las autoridades expliquen con transparencia las circunstancias de estos hallazgos y que se presenten pruebas contundentes antes de atribuirlos a organizaciones armadas que hace años dejaron de tener presencia en la región. También merecen que la seguridad sea tratada como una política pública seria y no como una herramienta de marketing electoral.

La democracia se fortalece cuando los ciudadanos toman decisiones informadas, no cuando son inducidos a través del miedo. Por eso, frente a hechos tan cuestionables como este, el deber del periodismo y de la ciudadanía es mantener una actitud crítica, exigir explicaciones y negarse a aceptar sin cuestionamientos relatos que, más que responder a la realidad del territorio, parecen diseñados para servir a intereses políticos coyunturales.

Artículos del autor

Compartir en redes sociales: