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Cornare: una institución que nació del territorio y pertenece a su gente

Hemos concluido con enorme satisfacción la Maratón de Voces Ciudadanas sobre Cornare. Y más allá de las cifras, de las publicaciones, de las opiniones recogidas y del alcance que pudo tener este ejercicio de comunicación, queda una certeza mucho más profunda: Cornare no es solamente una institución del Oriente Antioqueño. Cornare hace parte de la…

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Hemos concluido con enorme satisfacción la Maratón de Voces Ciudadanas sobre Cornare. Y más allá de las cifras, de las publicaciones, de las opiniones recogidas y del alcance que pudo tener este ejercicio de comunicación, queda una certeza mucho más profunda: Cornare no es solamente una institución del Oriente Antioqueño. Cornare hace parte de la memoria, de la identidad y de la historia viva de esta región.

Eso quizá sea lo más importante que nos deja esta conversación.

Porque para entender lo que significa Cornare hay que volver a su origen. No nació simplemente de una decisión administrativa tomada desde Bogotá o Medellín. Su nacimiento estuvo ligado a una época de profundas transformaciones del Oriente Antioqueño, cuando la construcción de grandes obras —la autopista Medellín-Bogotá, el aeropuerto José María Córdova y los grandes proyectos hidroeléctricos— despertó inquietudes, reclamaciones y procesos de organización comunitaria. De aquel movimiento social surgió la necesidad de contar con una institución capaz de pensar el desarrollo regional desde el propio territorio.

La Ley 60 de 1983 creó Cornare con un propósito que hoy parece necesario recordar: “promover y encauzar el desarrollo de la región”, utilizando los recursos humanos, naturales y económicos para mejorar las condiciones de vida de su población.

Es una historia que importa porque explica por qué esta Corporación tiene una relación tan particular con las comunidades.

Cornare nació de una conversación con el territorio.

Nació de concejales, dirigentes cívicos, comunidades, líderes sociales y personas que entendieron que el desarrollo no podía consistir simplemente en traer grandes obras a una región y pedirle después a la gente que soportara sus consecuencias. La propia historia institucional de Cornare cuenta cómo hubo inicialmente resistencia a la creación de la Corporación y cómo sus promotores recorrieron pueblo por pueblo para escuchar, explicar y concertar hasta conseguir que los municipios aceptaran el proyecto bajo la condición de que la entidad fuera manejada desde la región y que sus habitantes fueran sus primeros beneficiarios.

Por eso Cornare tiene algo que difícilmente puede explicarse solamente desde una norma.

Tiene raíz.

Y una institución con raíz no pertenece únicamente a quienes circunstancialmente la administran. Pertenece también a la memoria de quienes ayudaron a construirla, a los campesinos que alguna vez esperaron su llegada a las veredas, a las comunidades que aprendieron a defender sus ríos, a los municipios que encontraron en ella un interlocutor, a los ciudadanos que durante décadas han acudido a sus funcionarios para buscar respuestas frente a los conflictos del territorio.

La historia también muestra que aquella primera Cornare tenía competencias mucho más amplias en materia de desarrollo regional y electrificación rural. Con la Ley 99 de 1993, sus responsabilidades fueron delimitadas fundamentalmente hacia la gestión ambiental y social.

Esa transformación institucional cambió, necesariamente, el alcance de aquel sueño original.

Pero no borró su origen.

Y quizás allí está una de las grandes paradojas de Cornare: jurídicamente es hoy un ente público autónomo e independiente, con las competencias que le asigna la legislación ambiental; históricamente, sin embargo, continúa siendo una institución profundamente vinculada a la construcción social del Oriente Antioqueño.

La autonomía institucional no debería confundirse con distancia frente a la ciudadanía.

Al contrario.

Una autoridad ambiental regional solamente puede tener verdadera legitimidad cuando las comunidades sienten que esa autoridad escucha, comprende, protege el interés colectivo y es capaz de tomar decisiones pensando en el territorio y no en las conveniencias del momento.

Eso es precisamente lo que, de una manera sencilla pero contundente, nos mostró esta Maratón de Voces Ciudadanas.

La gente habló.

Y cuando la gente habla de una institución durante tantos años, no habla solamente de trámites, licencias, conceptos técnicos o decisiones administrativas. Habla de recuerdos. Habla de confianza. Habla de experiencias. Habla de lo que ha significado para sus comunidades tener una autoridad ambiental cercana, con presencia territorial y con funcionarios que muchas veces han llegado hasta lugares donde otras instituciones del Estado difícilmente llegan.

Cornare misma reconoce en su historia la importancia de haber descentralizado su presencia y de haber construido procesos de planificación participativa. En uno de sus documentos institucionales recuerda, por ejemplo, que la participación de las comunidades fue asumida como método de trabajo y como finalidad del desarrollo.

Por eso esta Maratón no fue solamente una campaña de comunicación.

Fue, en alguna medida, un ejercicio de memoria regional.

Y la memoria también es una forma de ciudadanía.

Durante estos días pudimos comprobar que existe un sentimiento profundo de pertenencia alrededor de Cornare. No significa que la Corporación sea intocable, ni que no pueda ser cuestionada. Todo lo contrario: las instituciones públicas pertenecen a la ciudadanía también porque la ciudadanía tiene derecho a exigirles, vigilarlas, criticarlas y pedirles que cumplan mejor su misión.

Defender una institución no significa dejar de cuestionarla.

Significa reconocer que hay cosas que deben ser protegidas incluso mientras se les exige mejorar.

Y quizás eso sea exactamente lo que ocurrió durante esta Maratón.

Las voces ciudadanas no dijeron que Cornare fuera perfecta.

Dijeron algo diferente y mucho más profundo:

“Esta institución es nuestra.”

Nuestra porque nació aquí.

Nuestra porque recorrió nuestros caminos.

Nuestra porque estuvo en nuestras veredas.

Nuestra porque aprendió a hablar con campesinos, juntas de acción comunal, organizaciones ambientales, alcaldías, empresas, universidades y comunidades.

Nuestra porque hace parte de una historia colectiva que comenzó mucho antes de que la Corporación adquiriera la forma jurídica que hoy conocemos.

Y nuestra porque el territorio reconoce en ella algo que no puede reducirse a un expediente administrativo: una presencia regional.

Por eso resulta tan importante que cualquier discusión sobre el futuro de Cornare se dé con altura, transparencia y pensando en el interés colectivo.

Las instituciones regionales no pueden convertirse en trofeos de nadie.

No pueden ser entendidas como patrimonio de una administración, de un partido político, de un grupo de funcionarios o de intereses particulares.

Son patrimonio público.

Y cuando hablamos de Cornare estamos hablando, además, de una institución que administra asuntos que pertenecen a todos: el agua, los bosques, las cuencas, los ecosistemas, el suelo, la biodiversidad y, en últimas, las condiciones que hacen posible la vida en este territorio.

Por eso cualquier intento de instrumentalizarla —sea político, económico o partidista— debería encontrar frente a sí una ciudadanía informada, organizada y consciente de su historia.

No para defender personas.

No para defender cargos.

No para defender gobiernos.

Para defender una institución que la región ayudó a construir.

Ese es, quizá, el mensaje más hermoso que deja esta Maratón.

Que el Oriente Antioqueño todavía tiene memoria.

Que todavía existen comunidades capaces de reconocer aquello que les pertenece.

Que todavía hay ciudadanos dispuestos a levantar la voz cuando sienten que un patrimonio colectivo puede ponerse al servicio de intereses particulares.

Y que, después de más de cuatro décadas, Cornare sigue siendo mucho más que el nombre de una autoridad ambiental.

Es parte del ADN de la región.

Está en sus montañas y en sus ríos, pero también en la memoria de sus pueblos.

Está en los documentos y en los actos administrativos, pero también en las historias de quienes alguna vez encontraron una respuesta en una oficina regional.

Está en la institucionalidad, pero también en la piel de las comunidades.

Por eso terminamos esta Maratón con gratitud.

Gratitud por cada persona que habló.

Por quienes defendieron a Cornare.

Por quienes la cuestionaron.

Por quienes contaron una experiencia.

Por quienes recordaron su historia.

Por quienes, desde una vereda o desde un municipio, entendieron que hablar de Cornare es también hablar del futuro del territorio.

Y, sobre todo, terminamos con una convicción:

Cornare debe seguir siendo de la región.

No de una persona.

No de un gobierno.

No de un partido.

No de un interés particular.

De la región.

De sus campesinos y campesinas.

De sus municipios.

De sus organizaciones sociales.

De sus comunidades.

De quienes han nacido aquí y de quienes han llegado a construir aquí su vida.

Porque una institución que nació de la ciudadanía solo puede conservar su legitimidad si continúa escuchando a la ciudadanía.

Y si alguna conclusión definitiva nos deja esta Maratón de Voces Ciudadanas, es esta:

cuando una región reconoce una institución como parte de su propia historia, defenderla también es una manera de defenderse a sí misma.

La conversación termina.

Las voces, no.

La Maratón termina.

La ciudadanía continúa.

Vea aquí todas las voces:

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