El reciente pronunciamiento del presidente Gustavo Petro sobre la Consulta Popular por el Área Metropolitana del Oriente (AMO) ha despertado intensas reacciones tanto en el ámbito político como en el social. Con claridad y contundencia, el mandatario afirmó que “el Gobierno Nacional no avala la Consulta Popular por el AMO dados sus grandes vacíos de forma y de fondo”, reforzando la preocupación expresada previamente en sus redes sociales al denunciar «la manipulación del conservatismo de la población del oriente antioqueño para apropiarse de sus tierras». Este mensaje presidencial no solo ha indignado a quienes promueven esta figura territorial en mensajes del Senador Quintero, él alcalde del Retiro y un concejalito de Rionegro con ansias de protagonismo, sino que también ha generado esperanza en sectores sociales que luchan por la defensa del territorio, el medio ambiente y una verdadera participación ciudadana.
El señalamiento de vacíos en la forma y el fondo no es menor. Desde el punto de vista formal, la Consulta ha sido impulsada con una celeridad y opacidad que contradicen principios democráticos elementales. Las comunidades no han sido debidamente informadas, ni involucradas, en un proceso que afecta directamente su futuro, y los mecanismos de participación han sido reemplazados por acuerdos de élite entre alcaldes, urbanizadores, medios prepagos y la Gobernación de Antioquia. Este «sanedrín» ha operado a espaldas de la ciudadanía, reproduciendo una lógica centralista desde Rionegro, que busca consolidar poder político y económico bajo una aparente figura de integración regional.
En cuanto al fondo, el proyecto del AMO parece más orientado a facilitar el negocio del suelo y la urbanización desbordada que a promover un desarrollo territorial justo y sostenible. Bajo el discurso del crecimiento, se pretende imponer una estructura que respondería a los intereses de unos pocos, en detrimento de la vocación ambiental y agrícola del oriente antioqueño, una subregión que ha resistido históricamente la presión inmobiliaria y que hoy se organiza para defender el agua, la tierra y su identidad.
Lejos de ser un gesto aislado, la declaración del presidente Petro representa un acto político de relevancia en la coyuntura actual. Es una toma de posición frente a una disputa por el modelo de desarrollo regional y el tipo de gobernanza que se quiere consolidar en el país. La negativa del gobierno a respaldar una consulta viciada fortalece la legitimidad de los colectivos sociales, ambientales y ciudadanos que han venido denunciando las irregularidades y peligros del AMO. Grupos que durante años han trabajado por la defensa del territorio, como las plataformas por la gobernanza del agua, encuentran en esta declaración un respaldo institucional clave para continuar su lucha.
Es crucial, sin embargo, que las palabras se conviertan en acciones. Como lo han solicitado desde diversos sectores, se requiere una respuesta inmediata del Ministerio de Hacienda que suspenda cualquier financiación de la Consulta hasta que no se resuelvan las demandas interpuestas ante el Consejo de Estado, se esclarezcan las acciones disciplinarias contra funcionarios involucrados y se garantice un proceso amplio, transparente y democrático de socialización con la ciudadanía. Sin estas condiciones, cualquier ejercicio de consulta pierde su carácter legítimo y se convierte en una herramienta de manipulación al servicio de intereses particulares.
Paradójicamente, lo que comenzó como un intento de imponer una figura administrativa con claros beneficios para unos pocos, puede terminar abriendo las puertas a una discusión profunda y necesaria sobre el futuro del Oriente Antioqueño. La resistencia social y el pronunciamiento presidencial han puesto sobre la mesa la necesidad de una verdadera integración regional, construida desde abajo, con la participación de todas las comunidades y con una visión de desarrollo centrada en la vida, el agua, la justicia social y la sostenibilidad.
El precedente de la fallida Consulta durante la gobernación de Luis Pérez, que también se cayó a pocos días de realizarse, demuestra que no se puede seguir insistiendo en un proyecto que ignora las voces de las comunidades. Esta nueva coyuntura exige reconfigurar las formas de hacer política territorial, desmantelando las prácticas excluyentes y dando paso a una planificación democrática que responda a las necesidades reales de la gente.
La controversia en torno a la Consulta Popular por el AMO es mucho más que una disputa administrativa; es un campo de tensión entre dos modelos de desarrollo: uno centrado en la acumulación de poder político y riqueza desde la urbanización desmedida, y otro que defiende el territorio como espacio de vida, cultura y sostenibilidad. La posición del presidente Petro ha puesto un freno a una maniobra política peligrosa y ha abierto la posibilidad de un debate público legítimo sobre el futuro del Oriente Antioqueño. Ahora corresponde al Gobierno Nacional, y en especial al Ministerio de Hacienda, traducir esta posición en decisiones concretas. Y, más allá de eso, corresponde a los pueblos y colectivos mantener su capacidad de organización, resistencia y propuesta. Porque el futuro del territorio debe construirse con la gente, no con el 5%, sino con toda su gente, no en su ausencia.
