La política de Paz Total, una de las principales apuestas del actual gobierno colombiano, ha comenzado a mostrar signos evidentes de fracaso. Esta iniciativa, que pretendía articular un diálogo amplio con todos los actores armados ilegales en el país, ha sido objeto de múltiples críticas, y los recientes acontecimientos no han hecho más que confirmar su fragilidad. La carta enviada esta semana por los excomandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) representa un duro golpe a la legitimidad del Alto Comisionado de Paz y su delegado para los diálogos socio-jurídicos con el Ejército Gaitanista de Colombia (EGC). La misiva expone preocupaciones sobre la falta de seriedad, transparencia y resultados concretos por parte del gobierno, y sugiere una pérdida total de credibilidad ante los interlocutores.
La desconfianza manifestada por los excomandantes de las AUC no es un hecho aislado. A lo largo del país, especialmente en regiones como el Oriente Antioqueño, se evidencia un fortalecimiento de los grupos armados ilegales y sus economías ilícitas, tales como el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión. Esta expansión territorial y operativa de los actores ilegales contradice la narrativa oficial de avances en la paz, y refleja más bien una desconexión entre el discurso político y la realidad de las comunidades afectadas.
El fracaso de la Paz Total también puede entenderse como una consecuencia de la falta de claridad en sus objetivos, la improvisación en su ejecución y la ausencia de un enfoque territorial efectivo. No basta con sentarse a negociar; se requiere una estrategia coherente que combine acciones diplomáticas con intervención social y presencia institucional sostenida. De lo contrario, las mesas de diálogo se convierten en espacios vacíos, mientras en el terreno se consolidan los poderes de facto.
La carta de los excomandantes de las AUC ha puesto en evidencia un problema estructural en la política de Paz Total: la falta de credibilidad y resultados. Mientras tanto, el avance de los grupos armados en territorios vulnerables como el Oriente Antioqueño demuestra que la paz no se decreta desde Bogotá, sino que se construye con presencia estatal efectiva, justicia, y atención real a las causas profundas del conflicto.
Efectivamente, plantear una estrategia de negociación desde las regiones podría representar un enfoque más realista y efectivo para enfrentar la complejidad del conflicto armado en Colombia. La idea de centralizar todo el proceso de paz en Bogotá, como ha sucedido históricamente, desconoce las dinámicas territoriales propias, la diversidad de los actores armados y las realidades sociales que sostienen la violencia.
Una estrategia regionalizada de paz permitiría varias ventajas clave:
- Mayor legitimidad y confianza: Las comunidades afectadas podrían tener una voz directa en el proceso, lo que no solo fortalece la legitimidad de los acuerdos, sino que obliga a los grupos armados a responder a las demandas concretas del territorio y no solo a los intereses del gobierno nacional.
- Adaptación a las realidades locales: No es lo mismo negociar con el Clan del Golfo en el Urabá antioqueño que con estructuras disidentes de las FARC en el Cauca. Cada región tiene actores, lógicas económicas y sociales diferentes. Una política de paz eficaz debe reconocer esta diversidad y actuar en consecuencia.
- Articulación con autoridades locales y organizaciones sociales: Gobernaciones, alcaldías, juntas de acción comunal y organizaciones de base pueden ser aliados fundamentales en la construcción de una paz sostenible. Sin su participación, los acuerdos corren el riesgo de ser impuestos y frágiles.
- Presencia integral del Estado: Una paz territorial no puede limitarse al silenciamiento de los fusiles. Requiere salud, educación, infraestructura, justicia y oportunidades económicas. Un enfoque desde las regiones permitiría priorizar esas inversiones donde más se necesitan.
Replantear la Paz Total desde las regiones no implica abandonar el diálogo nacional, sino complementarlo con un modelo descentralizado, participativo y contextualizado. Tal vez ahí resida la clave para superar el desgaste y la pérdida de credibilidad del proceso actual, y para construir una paz verdaderamente incluyente y duradera.
