El Oriente Antioqueño es una Región cuya identidad se ha forjado a partir de la concertación social. A lo largo de décadas, la articulación entre lo público, lo privado y lo comunitario ha permitido avanzar hacia objetivos comunes, superar crisis y diseñar un proyecto de futuro construido colectivamente. Esta vocación de diálogo no es solamente un rasgo cultural: es un método comprobado para generar transformaciones duraderas y legítimas en el territorio.
Ejemplos emblemáticos de esa capacidad de juntanza son el Protocolo Oriente Siglo XXI y la iniciativa Pueblos, procesos que dieron origen a Cornare, la Asamblea de Alcaldes por Acuerdos Humanitarios, la Asamblea Provincial Constituyente, que salvaron tantas vidas hace 25 años, y más recientemente la Juntanza para los Diálogos Vinculantes y EcoDesarrollo, que se constituyeron en verdaderas escuelas de gobernanza territorial. Su éxito no se explica únicamente por la calidad técnica de sus propuestas, sino por el carácter participativo que les dio vida. En estas experiencias se reconoció a los habitantes del Oriente como actores del desarrollo y no como receptores pasivos de decisiones ajenas. La construcción de confianza, la búsqueda de consensos y el respeto por las identidades locales se convirtieron en pilares fundamentales para la planificación regional.
Desconocer esta historia, ignorar sus luchas y aprendizajes, e intentar imponer propuestas exógenas sin un proceso de concertación equivalente constituye un grave error. La propuesta del Área Metropolitana del Oriente (AMO), impulsada sin la debida legitimidad social, es un ejemplo de ello. Más allá de sus contenidos técnicos, el problema radica en la forma: cuando un proyecto territorial no surge de un diálogo amplio y significativo entre los sectores público, privado y comunitario, pierde respaldo social y se convierte en motivo de desconfianza. Los costos políticos, institucionales y comunitarios de estas imposiciones ya han sido evidentes para quienes las han promovido sin comprender la cultura participativa de la región.
Cualquier iniciativa que aspire a incidir en el Oriente Antioqueño debe partir del reconocimiento de su trayectoria de participación y de su vocación histórica de juntanza. La legitimidad no se hereda ni se decreta; se construye a través del encuentro, del respeto por la diversidad territorial y del reconocimiento de todos los actores como sujetos de la historia. Cuando se rompe este equilibrio, los proyectos se vacían de sentido y se convierten en plataformas al servicio de intereses particulares, anulando el potencial transformador que podría emerger de un verdadero pacto social regional.
Ojalá que Eugenio Prieto Soto y los promotores del AMO hayan recibido la lección.
Por ello, hoy más que nunca es urgente reabrir la conversación. No una conversación formalista o instrumental, sino un diálogo genuino en el que todos los sectores —instituciones públicas, organizaciones comunitarias, actores privados, academia y ciudadanía— sean escuchados y valorados como corresponsables del futuro regional. El Oriente Antioqueño no puede ser tratado como objeto de los políticos o de los urbanizadores; es un territorio con memoria, con voz y con proyectos propios.
La historia demuestra que la juntanza es la ruta que ha permitido al Oriente avanzar y proteger su identidad frente a presiones externas. Continuar por ese camino no solo es un acto de coherencia con el pasado, sino una necesidad para asegurar que el futuro de la Región sea construido con y para quienes la habitan. Solo así será posible reinstalar la confianza, crear acuerdos legítimos y orientar el desarrollo hacia un horizonte compartido.
¡El Oriente tiene Propuesta!
