El pasado sábado, el evento convocado por el presidente en La Alpujarra sobre Paz Urbana marcó un momento crucial para el debate y la acción en torno a la seguridad y la convivencia en Medellín y su área metropolitana. A pesar de las críticas airadas provenientes de sectores de la derecha antioqueña, encabezados por el alcalde de Medellín y el gobernador del departamento, la jornada constituyó una valiente apuesta por una salida distinta a la violencia urbana que ha azotado históricamente a la Región.
La presencia de los voceros de la Mesa de Paz de Itagüí fue uno de los gestos más significativos del evento. Este espacio, que ha funcionado como un canal de diálogo entre el Estado y actores armados urbanos, ha demostrado resultados concretos: la reducción de homicidios y la mejora en los niveles de convivencia en barrios tradicionalmente golpeados por el crimen. No se trata de una solución perfecta ni exenta de polémicas, pero sí de una política que, basada en resultados, merece ser reconocida y fortalecida.
Los sectores críticos, aferrados a lógicas punitivas y discursos de mano dura, han intentado deslegitimar este tipo de iniciativas, tachándolas de permisivas o ingenuas. Sin embargo, lo que evidencian los datos y el sentir ciudadano en las comunas de Medellín es todo lo contrario: la mejora en la convivencia ciudadana no solo se percibe en las estadísticas, sino también en la vida cotidiana de quienes, por décadas, han vivido bajo el miedo. La paz no es una concesión, sino una construcción colectiva, y el evento en La Alpujarra representó justamente eso: un escenario para escuchar, proponer y comprometerse con una ciudad menos violenta.
Las críticas al evento de Paz Urbana provienen, en gran medida, de quienes han construido sus carreras políticas alrededor del miedo, utilizando el discurso de la inseguridad como herramienta para consolidar proyectos electorales basados en el autoritarismo y la represión. Estos sectores, especialmente representados por figuras de la derecha antioqueña, han promovido una visión reduccionista de la seguridad, centrada en el castigo y el control, ignorando las causas estructurales de la violencia. Para ellos, cualquier intento de diálogo o construcción de paz representa una amenaza a sus narrativas tradicionales, que les han permitido mantener poder político al costo de perpetuar el conflicto en las comunas más vulnerables.
Es preocupante que la ideología partidista y el oportunismo político intenten sabotear procesos que están salvando vidas. La seguridad no puede seguir siendo rehén del cálculo electoral ni del discurso simplista de la confrontación. La paz urbana, entendida como un proyecto integral de justicia social, oportunidades, diálogo y presencia estatal efectiva, es el camino más sensato y sostenible para Medellín.
En definitiva, el evento liderado por el presidente no solo fue importante por su simbolismo, sino por la contundencia de los resultados que respalda. La crítica sin fundamento, aunque ruidosa, no puede opacar el avance que significa para la Región construir paz desde abajo, con quienes han vivido la violencia en carne propia y están dispuestos a una apuesta diferente, otra manera de vivir.
Es urgente y necesario que el experimento de Paz Urbana que ha mostrado resultados alentadores en Medellín y su área metropolitana se extienda a las subregiones de Antioquia, en concreto al Oriente Antioqueño. Estos territorios, históricamente golpeados por el conflicto armado, el narcotráfico y el abandono institucional, requieren con urgencia enfoques integrales que combinen presencia estatal efectiva, oportunidades sociales y diálogo con actores locales. Replicar estos procesos de paz territorial en las regiones no solo es una apuesta ética por la vida y la dignidad de sus habitantes, sino también una estrategia inteligente para desmontar las estructuras de violencia que, aunque con otros rostros, siguen reproduciéndose fuera de las ciudades.
