En el vasto escenario de la vida, hay una figura silenciosa pero poderosa que sostiene el mundo con ternura, coraje y una infinita capacidad de amar: la madre. Ella no solo nos dio la vida, sino que la llenó de significado desde el primer suspiro. Su abrazo fue nuestro primer hogar, su voz la primera melodía, y sus ojos el primer reflejo de un amor incondicional.
Mi madre, Marina Valencia, polvo de estrellas hace ya algunos años, no solo nos dio la vida. Nos regaló una causa, un ejemplo, un rumbo. Fue mucho más que la mujer que nos cuidó: fue una poetisa del alma, una líder social incansable, una dirigente sindical que no temía alzar la voz cuando el silencio era cómplice. En cada palabra suya vibraba la esperanza de un mundo mejor, y en cada gesto, la firmeza de quien nunca se rindió ante la injusticia.
Las madres son las raíces de nuestro ser. En ellas se encuentra la fortaleza que nos sostiene cuando el mundo parece derrumbarse, la paciencia que nos guía cuando tropezamos y el ejemplo que nos inspira cuando buscamos nuestro lugar. Pero más allá de criarnos, ellas también nos enseñaron a soñar. Nos mostraron que la vida es más que sobrevivir; es imaginar, construir, volar.
Marina nos mostró un camino, a mis hermanos, hermanas y a mí, absolutamente claro: estar siempre al lado de lo justo. No con discursos vacíos, sino con la coherencia de una vida entregada a los demás. Nos enseñó que el verdadero amor se demuestra defendiendo la dignidad, que la ternura también puede ser combativa, y que los sueños valen la pena cuando se comparten y luchan juntos.
Su poema «Él Cristo Triste» y su libro «Ya soy Pueblo», nos mostró un camino de vida.
A través de sus palabras y silencios, sus días largos y noches en vela, nos enseñó que los sueños no solo se sueñan, también se luchan. Mi madre creyó en nosotros antes que nosotros mismos, y ese acto de fe fue el primer impulso de nuestras alas.
Marina, mi madre, no crio hijos e hijas para que viviéramos de espaldas al dolor del mundo y ser indiferentes frente a la injusticia. Nos crio para mirar de frente, para construir. Nos enseñó que la palabra puede ser trinchera y la solidaridad, un hogar.
Hoy, este homenaje es para ti, madre mía, y para todas las madres de esta Región, de este país y del mundo. Por tu amor profundo, tu ética de vida y tu compromiso férreo. Por habernos dado alas sin arrancarnos las raíces. Por hacer de tu vida un faro que aún nos guía. Por mostrarnos que vivir con dignidad es la más hermosa forma de volar.
Gracias, madre, por darnos la vida… y por enseñarnos a vivirla con pasión, coraje y esperanza.
